Por Daniela Valerio

El terror puede ser algo fascinante, nos hace confrontar aquellos sentimientos que deseamos evitar, nos muestra los momentos mas oscuros en secuencias llenas de sustos y tomas plagadas de suspenso. Sin embargo, dentro de este género tan popular del séptimo arte muchas veces se deja de lado a ciertos personajes.

Este es un género que nos hace brincar en nuestros asientos y dejar la luz encendida por las noches, que por mucho que adoremos, ha relegado a mujeres, personas de raza negra y grupos LGBT+ a un rol secundario, estereotípico y discriminatorio en muchas de sus principales entregas.

Diversas cintas han puesto a las mujeres como incapaces e indefensas, a las personas de raza negra como los más débiles y primeros en morir o a los miembros LGBT+ como un estereotipo y personaje cómico, y es por ello que cada vez existen más filmes que muestran el terror desde perspectivas únicas dando espacio al comentario social a través de un buen susto.

Desde la inducción de las famosas chicas sobrevientes o “Final Girls” con filmes como Halloween o La masacre en Texas, las mujeres han tenido un lugar especial en las películas de terror como personajes fuertes, se ha mostrado su parte más determinada y astuta en cada uno de estos filmes.

Pero en contraste a lo anterior también existen cintas que las han usado como simple atractivo sexual, como chicas incapaces de existir sin un hombre o simplemente aquellas que se han estigmatizado por su sexualidad, hecho que ha dado una reivindicación al género de terror cambiándolo completamente y dando una oportunidad a las mujeres de ser más que un accesorio.

Diabólica tentación (Karyn Kusama, 2009) es una película que sufrió de un marketing desconectado de la intención y mensaje del filme, pues dentro de sus tomas se muestra alegóricamente, y con unos buenos sustos, una historia de abuso sexual, de cómo los hombres perciben a las mujeres como objetos sexuales y simultáneamente las estigmatizan.

Esta cinta mas que mostrar una historia de venganza, buscaba mostrar una historia de empoderamiento femenino, de poder decidir sobre nuestra propia sexualidad y no ser juzgadas u objetizadas.

Y si hablamos sobre feminismo, debemos mencionar Midsommar (Ari Aster, 2019) una cinta que nos aterroriza de una manera lenta y con una presión que cada vez se va haciendo más insoportable hasta el punto de quiebre.

En esta historia un tanto psicodélica se muestra a Dani, una chica que al inicio del filme tiene que lidiar con un fuerte trauma, una pérdida tan grande que la deja sola y con síndrome de superviviente, pero, aún con ello, logra seguir adelante con la ayuda de su novio Christian, quien ve a Dani más que una víctima como una carga, un peso que tiene que llevar consigo.

La ve como una molestia de la que no se puede deshacer, una chica que con cada acción que pasa, con cada momento aterrador que aparenta romper más y más su cordura. Sorprendentemente y con cada uno de esos instantes, ella empieza a cambiar y pasa rápidamente de ser la chica que debía depender de su novio para sobrevivir a ser la chica que se independiza, que se empodera y toma sus propias decisiones.

Los estereotipos han sido una parte incómoda de la historia del cine de terror, siendo incluso algunos de los clichés más conocidos dentro de  algunos de los subgéneros más importantes del terror como los slasher, donde las personas de raza negra son vistos como únicamente un personaje “descartable”.

Pero surgen directores como Jordan Peele que han empezado a generar un poderoso subgénero conocido como «social thriller” con filmes que buscan mostrar dentro del mundo del terror un comentario social centrado en la discriminación y opresión que encontramos en nuestro mundo real.

Dentro de este subgénero encontramos la aclamada ¡Huye! (2017), filme que cuenta de una manera muy peculiar cómo estos personajes son vistos en otros países, cómo somos excluidos, señalados y atacados simplemente por sus raíces.

La cinta muestra cómo sigue existiendo esa dolorosa iniquidad, cómo siguen siendo “extraños” viviendo en sus países. Nos muestra un mundo dividido donde el color de piel, cultura, idioma, religión o lugar de origen nos siguen haciendo para algunos peligrosos, forasteros, intrusos, exóticos o incluso trofeos.

Sin embargo, aún no todos son parte de un mundo lleno de sustos y monstruos, pues los grupos LGBT+ siguen siendo relegados a papeles secundarios o a tramas donde su identidad solo es mostrada como algo superficial siguen siendo reprimidos, ignorados y dejados de lado.

Pero ante tales decisiones, existen oportunidades y directores decididos a dar una voz  a quienes han sido excluidos como en el curioso caso de Pesadilla en Elm Street 2 (Jack Sholder, 1985),  una película que fue escrita y dirigida con un claro subtexto gay que mostraba una nueva tendencia en el cine de terror que lamentablemente aún no logra concretarse.

Pero aún existen muchas oportunidades de expandir el género del terror a no ser solo sustos y sonidos alarmantes, sino a crear una experiencia en la que cada persona pueda sentirse involucrada, en la que sin importar quien decides ser o como decides vivir puedas disfrutar de un buen susto.

El terror debería mostrarnos momentos que nos hagan querer cerrar los ojos, que hagan nuestro corazón latir y nuestras manos sudar, un género versátil e inclusivo en el que todos podamos aterrarnos.

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