Por Daniela Valerio

Desde aquella primera vez en que dirigimos nuestra mirada al basto cielo nocturno o cuando vimos el sol ocultarse y ser devorado por el infinito horizonte del océano, nos hemos encontrado fascinados, cautivados e hipnotizados ante lo desconocido.

Ante aquella infinidad de posibilidades, aquello que no hemos podido conquistar a pesar de nuestras incansables expediciones e intentos por descubrir estos espacios llenos de luz y oscuridad.

La aparente infinidad los han convertido en lugares donde nuestra imaginación vive llenando nuestros sueños de preguntas que han encontrado un lugar único dentro del séptimo arte, ya que ha permitido expresar nuestra fascinación, anhelo, esperanza e incluso aquellos temores que viven en la parte más oscura de nuestra imaginación.

El cine se ha convertido en el lugar de criaturas aterradoras, civilizaciones increíbles y secretos inimaginables, sin importar que se encuentren en galaxias muy muy lejanas o en las profundidades más oscuras y misteriosas del océano.

El espacio, las estrellas y las galaxias han sido el hogar de cientos de historias que reflejan nuestros deseos y objetivos como especie, esa necesidad inconcebible de extender nuestras alas y ver lo que existe más allá de nuestra propia orbita.

Cada noche que observamos el cielo nocturno repleto de luces, nuestra imaginación despierta evocando historias de mundos y criaturas alienígenas, pero también de lo que esta carrera espacial significa para nuestra especie esperanza, tiempo, conocimiento, recursos, miedo y soledad.

Es por ello que, con el descubrimiento del espacio acercándose, el séptimo arte ha sido capaz de recrear ambas partes de lo que representa nuestra conquista del universo, mostrando que, aunque intimidante, el espacio sigue siendo una razón de esperanza, un motivo que nos une a todos.

En filmes como WALL-E (Andrew Staton, 2008), Pixar nos mostró un espacio lleno de color y esperanza para nuestra especie, mientras pintaba una imagen dolorosa de lo que somos capaces de destruir: nuestro planeta muerto y contaminado, nuestras vidas dependientes de máquinas y el espacio, donde la esperanza para continuar nuestro legado se convirtió simplemente en un encierro más grande, más vacío.

Todo esto retomando una sensación de aventura, esperanza y de una segunda oportunidad, caminando de la mano de un curioso robot que refleja nuestra capacidad de enmendar nuestros errores y de convertir una carrera de conquista en una de aventura y descubrimiento.

Pero, es bien sabido que el séptimo arte no solo se ha enfocado en esta parte más amena del espacio, sino que también ha logrado capturar el aspecto más realista de nuestra carrera espacial con la aclamada cinta Gravedad (Alfonso Cuarón, 2013), que, de manera realista y poderosa, mostró la soledad y el terror que puede infligir la infinidad del espacio dejando claro que somos seres diminutos que buscan lograr lo imposible.

Nos demostró que tal vez el mayor terror que podemos encontrar en el espacio no son alienígenas, monstruos o misterios mortales, sino el simple, infinito y aterrorizante vacío que se extiende más allá de lo que cualquiera puede imaginar.

Gravedad nos recuerda que la ciencia ficción aún permanece lejos de nuestro alcance, nos recuerda que somos hombres y mujeres volando muy cerca del sol, seres que buscan un sueño en las estrellas, sin siquiera conocer su propio planeta.

Por años, hemos permanecido cautivados por la idea de vida en las estrellas, naves espaciales y colonias en Marte. como especie hemos fijado nuestra mirada en el cielo sin siquiera preguntarnos que existe en el fondo de nuestro planeta, pero con el pasar de las décadas, los años y los días nuestra mirada ha retornado a esas aguas inexploradas, a las criaturas que existen en ellas y a los secretos que guarda en sus profundidades, sin siquiera darnos cuenta que comparte más de lo que podríamos imaginar con el cielo lleno de estrellas que observamos desde la antigüedad.

El océano podrá parecernos todo un misterio, pero el séptimo arte se ha encargado de pintar miles de historias que lo ponen como el centro de atención, desde una fuerza incontenible hasta un baúl de misterios, creando filmes como Amenaza en lo profundo (William Eubank, 2020).

Este filme que cuenta con una clara inspiración de autores como H.P. Lovecraft, quien encontraba la idea del océano aún más aterradora que el espacio sideral, y ha retratado a estos gigantes azules como hogar de peligros nunca antes vistos, que nos han acechado y que duermen bajo nuestros pies sin que lo imaginemos. La infinidad de unas aguas que devoran al sol tras su horizonte al igual que el vacío del espacio.

Sin embargo, no todos ven al océano como una bestia oscura, pues para muchos es aventura y belleza, donde películas como la reciente Luca (Enrico Casarosa, 2021) demuestran que tal vez esas aguas o esos monstruos marinos que hemos perseguido se encuentran más aterrados de los humanos que contaminan sus hogares.

A veces es fácil culpar a aquello que no comprendemos de nuestra propia malicia, tal vez no existen monstruos marinos o espaciales, tal vez solo monstruos terrestres que miran al cielo o a las profundidades en busca de respuestas a la destrucción que nosotros mismos causamos.

Tal vez todo se encuentra más allá de lo que podríamos comprender, pero, sin importar cual sea la respuesta, el cine siempre estará para regalarnos aventura en nuestras aguas, ambición en nuestros ojos y esperanza en el espacio.

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