Por Martín Félix

Es extraño, inseguro, raro y confuso, ¿se trata de un pacto o una recompensa? ¿Es una responsabilidad o es maldición? Es el poder conferido a la mano del hombre y a su mortal cuidado.

El trastoque de lo incomprensible e inimaginable para ver renacer la salud, de ser reconocido, adorado, odiado o repudiado y lo mejor de todo ser considerado por la Muerte como su amigo.  

Macario es un filme bastante suave, de muy tranquilo y profundo peregrinaje que lentamente nos rodea de flores, calaveras, velas, ofrendas y muchísimo misticismo. Acertadamente su esencia y elementos de una tradición tan importante en México, en la cual se aprovecha muy bien para deshojar su tremenda narrativa.

Así, en este eje, Roberto Gavaldón abre su obra hacia la fantasía y lo inquietante, un pasaje a lo desconocido, de aquello más allá de nuestro entendimiento, pero que a su vez converge parte de nosotros y nuestra cultura.

Tiene presente la concepción del Diablo, Dios y la misma Muerte, en especial la peculiar forma de tratar a esta última. Juguetear con ella e incluso verla con cierto humor, sin dejar de respetarla y temerle por ser la encargada de separarnos de este plano.

Tomando camino a ser una prueba espiritual, de fe, de fortaleza mental y del alma. Del tormento de nuestros deseos más egoístas nacidos del hambre, de la pobreza y el marcado clasismo social preponderante, esos anhelos que llevan al propio flagelo y nos hacen vulnerables, con el reparo de la perspicacia dada en la experiencia. El razonamiento para descubrir lo malo, la humildad para identificar lo bueno y la inteligencia para incluso convivir con la parca.

Igualmente marcando pauta sobre la solidez de las creencias y la aclaración de lo que no se conoce, de esa partitura entre la sociedad y sus arraigos fervientes encarriladas a la gratitud o a las acusaciones. Hechura pertinente para criticar a la Inquisición y sus horrores, aseverando que todo fuera de Dios era obra del Demonio. 

Logrando una atmósfera sumamente cautivadora a través de su pulcra técnica. Con sutileza en sus dollys y acercamientos de cámara, la belleza de las tomas generales, la estética de sus planos detalles y sus coquetos efectos visuales. Llevados a paso tranquilo por la montura de Gloria Schoemann y efervescente por la música de Raúl Lavista; apuntalado por el potente trabajo de fotografía hecho por Gabriel Figueroa lleno de acentuados claroscuros e intentas siluetas. 

Todo esto, para hacer de esta obra una odisea enigmática, cubierta de disyuntivas y ambiciones acumuladas en la existencia. De la sentencia de ver nuestra muerte como lo único seguro en esta vida, en este pasaje, en esta transición. Siendo ese límite para dar paso al viaje incierto lejos de la fe o la ciencia, la finiquita muestra de lo que fuimos y figuramos. Dejando la certeza que los actos y el buen ejemplo son el legado perdurable e igualmente el parteaguas para ser recordados. 

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