Por Martín Félix

Armado teñido a las decadencias de una naciente crisis de existencia, probablemente de propósitos y emocionalmente como un yugo estridente a nuestras propias convicciones. Risco profundo de sentimientos encontrados por él a fin de hallar respuestas y las faltantes piezas de rompecabezas que permitan darle sentido a nuestro caminar y disipar las neblinas sobre los soles que ya se han ido.

The girl se presenta de manera afable, concebida así desde sus créditos iniciales encargados de crear cuál aura vivaz de estampados sutilmente a la naturaleza juvenil: activa, deseosa, libre y desapasionada. Proyectándose tranquilamente hacia los senderos de introspección y una casi obligada reconexión con las raíces que derivan en el presente.

La visión de Márta Mészáros nos aflige a un incómodo vínculo con el pasado, abriéndose paso a partir de la apenas visible molécula de esperanza que funciona como directriz racional para intentar ampliar ese espacio turbio y alejado.

Guiada tras la careta de la seriedad, del pensamiento profundo y los lapsus adheridos de nerviosismo. Con pasos de tensión que se apegan de manera sutil a sus personajes para crear escenarios tallados de la cotidianidad, de la mera simpleza mientras saca filo de la apatía, el desagrado, el inconformismo y las molestias.

Una reconstrucción infringida por las diferencias, las ambivalencias y las notorias diferencias. Un regreso poco fructífero del escudriñar en los antiguos pasajes de nuestra propia existencia, destruyendo así la intencionalidad de abrazar el consuelo o la oportunidad de empalmar pacíficamente los huecos de la vida. Anidando conjeturas oscurecidas que recaen en el desinterés, el desconsuelo y la inconsciente premisa de encontrar amor banal a manera de sosiego. 

Subyugante experiencia que remite al desbalance ideático del ahora y hacia el mañana. Dolencia silente traída a rastras por el  desequilibrio, apagando la chispa, el ánimo y la luz natural con la que se cuenta, siendo reminiscente por no saber dónde estamos parados y qué hacer para remediar esa agria sensación.

Dicha construcción  y elocuencia se logran a través de sus gestos técnicos, empalmados a los coquetos y atractivos movimientos de su lente: paneos, dollys y saltos de eje que intercalan en demasía a los estímulos de sus participantes. Bajo la iluminante fotografía de Tamás Somló matizando con planos más carentes de esta para acentuar la duda y rispidez de sus encuadres.

Llegando al paraje donde la meditación, la observación y la propia catarsis, ayudado de los amables fortuitos para permitir despejar las brumas de la mente, razonar quiénes somos y lo que hemos logrado como partes de la identidad. Entendiendo que no podemos componer el ayer, pero sí vislumbrar de mejor manera el futuro, rompiendo los grilletes de inquietud para salir de nuevo tranquilos, avances y enfocarse de manera plena a los andares que nos faltan por descubrir.

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