Por Martín Félix

¿Creemos en el destino? Podría friccionar un tanto la idea de adjudicar la sentencia “es el destino” para todo aquello bueno o malo que pasa. Se trata entonces de sucesos que en algún punto estaban marcados como si alguien de antemano lo supiese, ¿es eso o bien nuestras caídas, aciertos y andanzas se definen por el tamaño de la convicción que tenemos? Lo que anhelamos a tener, lograr y hacer perdurar está en el esfuerzo auténtico, poniendo todo de sí sin importar el obstáculo; esto, en cualquier ámbito, incluso cuando se aparece el amor. 

Vagando con dicha premisa nos acercamos a las palpables notas musicales y engalanada metódica de Cold WarQue se abre brecha a través de los panoramas gélidos, nublados, probablemente desconocidos y devastadores del sentimiento amoroso. Paweł Pawlikowski da engranaje y ritmo a un desencajado romance graduado casi como el choque de dos colosos en guerra, pero, que aun así buscan esas pequeñas fibras de compatibilidad para mantenerse unidos a expuestas de sus propias fragilidades.

Enfocándose siempre al halo de los rostros de sus personajes, sus miradas, cavilaciones y largos silencios que hablan por sí mismos. Su narrativa, además de hacer algunos guiños de las cuestiones políticas de la posguerra se dedica a  explorar los momentos grises, disonantes y también muy amenos de esa desestabilizada, vertiginosa e incluso dolosa manera de amarse. Llena de malas decisiones, impertinencias y de contrastes personales, pero de algún modo, es un fuego latente sostenido en ese delgado hilo que no se rompe por los contratiempos.

Viéndose cercanos y lejos, tan claros como difuminados al mismo tiempo. Dos entes completamente extraños que luchan por no caer, por entenderse y fraguarse a pesar del enorme abismo que se abre con cada desgaste tras el paso de los años. Elevando ese canto por disfrutar de los detalles y sacar provecho en las similitudes más allá de las diferencias.

Sin ser un musical, esta obra se deja envolver por melodías folclóricas, tenues, emotivas y también vivaces que funcionan como eje de conexión entre los participantes e incluso como válvula de escape para liberar las emociones, miedos, secretos y frustraciones. Balanceando la algarabía con el atónito silencio que genera en buena manera tensión sobre las aflicciones de su trama.

Destacable la fotografía en blanco y negro presentada por Lukasz Zal, acentuada por claroscuros que remiten mucho a la sensibilidad de los momentos. Con una puesta de cámara muy fija, pero de mucha vida, haciendo uso exquisito del gran plano general, de la simetría, de paneos lentos y dollys delicados hablando de enorme sosiego fílmico, adicionado por el solemne montaje de Jaroław Kamiński. Además de lo envolvente del repertorio musical y la nota propuesta por Marcin Masecki quien da fulgor a cada paso de la historia.

Para así regalarnos un cierre brutal, tremendo y pasmoso teñido al nombre del amor. Apostando todas las esperanzas en la muestra de una completa perpetuidad racional y sensitiva guiada por el instinto de ser uno del otro. Siguiendo las reglas para jurar fidelidad eterna no solo en este plano, sino hasta lo que espera del otro lado de la vida. Pues han de colocar fin a todas las distancias, a los problemas y desacuerdos para partir al lugar donde estarán juntos por siempre.

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