Por Martín Félix.

Los ecos de la violencia se hacen resonar por todos lados, en cualquier rincón donde se busque obtener el control total. Un desmoronamiento a pasos agigantados que consume en forma voraz las dignidades y últimas fibras racionales de los que están sumergidos en el pozo sin fondo de los actos reprobables, aferrados ciegamente por mantener su integridad. 

Gomorra es el punto de ebullición del hervidero urbano destinado a su flagelación en todo sentido, un esquema anarquista casi universal que bien podría ser adaptado a cualquier sociedad, ya sea antigua o contemporánea.

Adornando escabrosamente las siluetas citadinas con sombrías marcas de las agresiones y los gritos de su maltrecha humanidad. 

Donde mas que percibir somos azotados irremediablemente por la ola de ultra violencia, el consumo de drogas, la obvia lucha del dominio que sofoca a quienes intentan sobrevivir en ella e igualmente arremetidos por la riada de sangre, adicciones y dinero. Un enfoque dinámico a través de varias vertientes que nos dejan sopesar la agonía de su polis además de observar mejor sus contrastes y gradaciones.

Encaminando a sus personajes a escabullirse al ambiente hostil e irreverente que tienen por delante, sentando rápidamente sus ideales, intenciones y propósitos acercándonos un poco al eje emocional de cada uno. Principalmente marcado por la búsqueda del respeto, el reconocimiento y la subsistencia.

Entendiendo de antemano su aguda visión, mostrando el caos y la corrupción en distintas escalas, admirando el escenario desde el enfoque inocente de la niñez. Ese crecimiento en la atmósfera desfavorable que lleva a la pronta desensibilización cosechando actitudes a delinquir.

Subiendo un peldaño hacia los deseos propios de la juventud, de aquellos que buscan su realización en las armas con el afán de forjar esa reputación que los facilite tomar las riendas del desajustado carruaje colectivo. 

Reventando la burbuja en el esperanzado ascenso pues se encuentran con muros de altísimo poder y hegemonía criminal, viéndose perdidos en el tormentoso laberinto sin salida.

Forjando mas eslabones a la gruesa cadena apuntalada en dirección de las esferas más ostentosas, aprovechando los humos para erigir imperios turbios de las profanaciones y la explotación.

Dando otro apretón a las asfixiantes cuerdas que de alguna u otra manera se relacionan sin tocarse con tanta intimidad, pero sí sondean los límites de su vida y los declinan a su propia sumersión lapidaria. 

Haciendo uso de su labrada constitución técnica apoyada en su versátil cámara, con movimientos cuasi naturales que le dan muchísima vida a sus imágenes.

Además de la diversificación de planos haciendo buen uso del espacio y el entorno, compaginado al espeso montaje de Marco Spoletini. Conjuntamente al trabajo de Marco Onorato para vestir con una grisácea y oscura fotografía realzando aún más el desgobierno. 

Con lo que caemos en la trampa de las ilusiones, en el bajo mundo de las mafias, concluyendo su amargo paso en un sentido cruel y atroz.

La cereza indiscutible para adornar el manjar de las historias manchadas por el juego de poderes que sólo ganan unos pocos y quienes muerden los anzuelos de falso resplandor se quedarán en el camino con una bala en la cabeza.

Un tablero de todos contra todos difícilmente de hacer frente, una ficción potente y el fuerte guiño a la realidad convaleciente; sin final, sin mas que la continuidad de un vasto mundo corrompido. 

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