Por Martín Félix

Combustión rápida que enciende el sendero de su problemática, manejada desde el primer cuadro como hito atado al desorden. Aterrizada en un ecosistema desbalanceado casi en su totalidad, llena de expresiones idealistas fijadas por la intención hacia un engrandecimiento solitario e igualmente grupal. Alejado de los dominios lineales comunes y acertados de la sociedad ambigua desinteresada de la verdadera esencia de la vida y los auténticos sueños. 

Gasolina llena los tanques de la obstinación, de la soberbia y el acelerado paso encaminado a la construcción de una ególatria compartida, mutua y cuasi perpetua que roza altamente sobre la anarquía que se alimentan de las debilidades de otros. Siendo visionaria de las dificultades de convivencia en un entorno escarpado o la simple enajenación de mentalidades desatendidas y faltas de rigor buscando su propia complacencia perversa. 

Alentadas por la violencia, la desobediencia y el reto a la autoridad por medio de la hegemonía maliciosa y la grupalidad. Un viaje que expone los actos de juventud descentralizada que fluctua en cada parada, que se ve en amplio conflicto con su realidad y con aquellas personas que intentan ayudar, propiciando a la ruptura de la confianza y ese lazo fraternal tan escaso. 

Abriendo caminos sobre principios autoproclamados, esa libertad sin frenesí dada para encontrar disfrute descontrolado sin responsabilidad alguna y obviamente a coste de los demás. Reforzado por el mismo pensamiento que cierra el círculo tras una alianza de amistad compartida tras las mismas metas libertinas además de enseñar pequeñas añoranzas como últimos cúmulos de inocencia, misma que se va perdiendo.

Llegando al punto donde esa sensación de poder se desmorona con la desesperación y el miedo. Haciéndose pequeño, endeble tras la inexperta y súbita capacidad resolutiva. Logrando su llamarada más alta a pesar de la sencilla pero amena hechura fílmica que nos regala Julio Hernández Cordón.

Haciéndose notar con algunos planos contrapicados, cenitales y formas de jugar con el espacio que también demuestran esa intencionalidad capaz de capturar otros semblantes. Amalgamado tras la fotografía de María Secco y la edición de Aina Calleja que agregan en buena forma más atención a su desarrollo. 

Siendo así la composición del centro de explosión hacia una lección aprendida por la mala, trastocando de manera hórrida todas las convicciones, dando ese bajón de golpe cambiando las ilusiones por laceraciones de una realidad cruda y amarga que termina por fragmentar las conductas insolentes. Un acto, recuerdo y vivencia marcada por el agobio acribillante de las venideras consecuencias que simplemente me hace evocar aquella frase que reza: “nadie escarmienta en cabeza ajena”. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *