Por Martín Félix

Queda bastante claro que somos libres al decidir, de tomar el rumbo que a nosotros nos apetece para nuestros propios propósitos. Pero, es claro también que esas sentencias dadas por hecho están permeadas tras una herencia de actitudes, reglas, principios de moral e idealistas. Hemos sido fraguados en un molde, al cual, tal vez solo queda respetar en nombre de ese equilibrio o contrariar totalmente por apostar al descubrimiento de la vida por cuenta misma. 

Honey cigar es un envuelto de mezclas multisabores que apuestan desde su entrada por la experiencia sensitiva, cuasi delicada para entrar a revisar sus múltiples capas. Intercaladas a través de procesos y procedimientos íntimos mientras se tuerce bajo otras miradas que tienen que ver con el yugo clasista de connotaciones político-sociales, de moral y altas barreras educacionales sumamente proteccionistas así como tendenciosas. 

Una configuración de estímulos y roces desde el exterior que se evocan a visualizar el despertar sexual, esa ávida autoexploración de terrenos inciertos y un tanto penumbrosos de la sexualidad en cuanto a que la experiencia es tan corta. Apegado a las emociones, la convicción y los lazos sentimentales asimilamos el intento por un desdoblamiento propio tras el toque de libertades concebidas como autodidactas y reconfortables para simplemente colisionar con el régimen de conciencia que más pronto que tarde comienza a mermar en la psiquis de su silueta principal. 

Propiciando una travesía desorientada, dolosa y quejumbrosa alejada por completo de los destellos naturales que puede dar el suave tacto del amor y los placeres concebidos de este. Siendo todo lo contrario a elevarse cómodamente, concreta la debacle de frustraciones, contraposiciones y desapego de todos los entornos a los que se tiene cabida: familiar, laboral y social. 

Ese consenso poco atractivo repercute en los andares psicológicos además del carácter. Obligando a manera de consuelo la búsqueda por un placer genuino y auténtico proveniente del territorio natural y no como ese castigo recaído por las discursivas del conglomerado.

Una salida en falso por la creación de identidad que funciona como malestar casi perpetuo, lastre lastimero saliendo a flote para resucitar aflicciones apabullantes. Carcomiendo la poca estabilidad familiar que se sobre encima a líneas de discusión patriarcal bastante marcadas sesgando el comportamiento ante el arraigo inconsciente de un estatuto moralista. 

En otros aspectos, resulta agradable la versatilidad de su cámara para con los personajes, sus espacios y la cercanía para retratar poco a poco el desmoronamiento de sus semblantes. Resaltando el trabajo de fotografía de Jeanne Lapoirie además de los tonos cálidos que nos regala. Contando con el montaje módico de Albertine Lastera y la unión musical modernamente propicia. 

Así, el metraje de Kamir Aïnouz hundido en ejes de presión termina por concentrar un poco de aprendizaje. El de pronto faro racional encendido por el minúsculo momento para interpretar y hacer ver que las cosas han de llegar a su tiempo, en su momento. Aprender a despegarse de lo lascivo, a seguir soñando a pesar de los malos tragos y buscar en lo amargo la dulzura que aguarda. A caminar descalzos para conseguir resistencia y continuar de pie porque todavía hay esperanza intacta a lo que viene.

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