Por Martín Felix

Apresurada, alebrestada, sospechosa y quizás un tanto inentendible a la manera de su incierto peregrinaje. Borgman es la piedra angular donde se quebrantan las extremidades de la psique humana llevándolos hasta grados insólitos y completamente desconocidos. El mausoleo enredado de las represiones, de las visiones pavorosas trasladas a lo súbito por los sentimientos atrapados, retraídos, aferrados y que simplemente son incapaces de externar.

Cinta que funciona como una cruda exploración de nuestros propios límites emocionales a través de una álgida experiencia a niveles impredecibles y desproporcionados de una manera muy tensa así como dura de roer.

La visión de Alex van Warmerdam adentra su obra en terrenos silentes, pero intranquilos, cargados de vibraciones amorfas, acechantes que vigilan y palpan la integridad con cada mirada. Fraguando ese paisaje enigmático totalmente extraño, gris y tormentoso atestado de atrocidades que anuncian las rupturas de las pulsaciones racionales. 

Un trazo incógnito bien marcado por medio de su hechura bizarra, paralizante y cambiante en todo momento. Misma que se atreve a fragmentar la carcasa simple de la superficialidad y escudriñar los estigmas personales de un lecho familiar aparentemente sólido, destapando las pesadumbres de la disfuncionalidad mental, la ira, la violencia, el miedo, el odio, las perturbaciones sexuales y las actitudes estridentes bajo una tela invisible que pareciera apoderarse de nosotros. 

Quedando alojado en lo quisquilloso del aura psicológica con demasiada intensidad, acompañada de mucha fuerza pues somos testigos y cuasi complices de un poder extraño, atroz e inimaginable sobrepasando el entendimiento y el propio raciocinio. Compaginando a los personajes con entidades malignas y perversas que controlan, distorsionan e igualmente destruyen todo a su paso en forma voraz.

Jugando así sutilmente con la percepción de algunas cosas o simplemente nos coloca ante la maravillosa representación irónica de los problemas tocando a la puerta. De nuestras propias demencias, de los temores más íntimos, de las pesadillas y trastornos profundamente encarnados deseosos de hacer pedazos la vida y cualquier otra identidad que se amedrente frente a nosotros; aquellos duros, ruines y feroces actitudes capaces de despedazar a pasos agigantados las esperanzas y conexiones entre los integrantes. 

Sacando en demasía provecho de su composición fotográfica bien llevada por Tom Erisman, con apacible cámara que por momentos se torna mucho más activa e intrépida apuntalando su trama, además de tonalidades frías y profundas sombras engrosante a lo agudo de sus encuadres. Sin dejar atrás el atento montaje de Job ter Burg y la pizca musical de Vincent van Warmerdam dándole más sazón a la sombría estela. 

Enterrando este filme por la gravedad de sus atrocidades, quedando como un costoso aprendizaje que al final sólo parece ser áspero, cíclico e insondable. Una visualización aguerrida y severa de las problemáticas nacientes de la maldad con la sentencia a morir bajo su cortante hoja. Esa expresión atemorizante y el guiño de una agrosa marca que sintetiza todo el peso a cargar por nuestros errores. 

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