Por Martín Felix

Probablemente haya que estar listos para dar un paso hacia atrás por el estupefacto alumbramiento de este metraje. Tanto abrupta como desconcertante, Batalla en el cielo se adorna de lineamientos sonoros ensordecedores y opresivos que acaparan la atención de manera absoluta, siendo eso la metódica apuesta para vislumbrar su cansado, sórdido y estresante núcleo.

Esbozando una supuesta burbuja de tranquilidad que simplemente se llena de incógnitas entre los caóticos y preocupantes vaivenes de la realidad. Despertando uno a uno los sentidos con la enorme capacidad de transmitir mucho con tan poco, de acrecentar la problemática y al mismo tiempo perderla entre lo escarpado de la colectividad, sin dejar atrás el contraste bien logrado del retrato frío y antipático de la enajenación con la turbulenta aura de la sociedad transitoria.

Acercándonos pausadamente a su lecho gris, logrando tomar vuelo y carrera para detonar su incierta moldura, destapando incómodamente el pozo de la frustración cognitiva, misma que ha verse empeorada en el viaje infructuoso de salvación, llevando por ende a la obnubilación completa del raciocinio. Abriéndose de par en par las puertas de la intranquilidad con un recorrido hacia lo escalofriante e irreconocible de esos abismos fraguados por nuestras propias lamentaciones, errores y devastadoras decisiones.

La respuesta atroz donde Carlos Reygadas moldea el demacrado perfil de la culpa, de la miseria, de la destrucción espiritual además de las decepciones de la vida, todo esto, bajo el manto silente y acongojante con el que carga a sus personajes.

Tratando de buscar consuelo ante el estresante desgaste mental, orillando a la acribillación de las creencias acompañado del remordimiento que consume cada fibra del alma por la pesadumbre de un acto de miedo y tremenda cobardía. 

Haciéndose cada vez más pesada por la apabullante hechura musical y de sonido a cargo de John Tavener y Guilles Laurent respectivamente.

Destacando la tonalidad natural de la fotografía de Diego Martínez Vignatti, con planos aislados y otros tantos muy cercanos que denotan una sencilla, pero muy trabajada puesta ayudando en demasía a acrecentar los momentos de incomodidad al tiempo que se compagina en buena forma al pausado montaje de Benjamín Mirguet en compañía de Adoración G. Elipe y Nicolás Schmerkin, quienes logran ese ritmo complejo e intenso. 

Completando la dolorosa peregrinación sin otro fin que no fuera el derrumbe total dado al grávido pecado. Destruyendo lo que somos y haciendo daño a todo a su alrededor, una autoproclamada sentencia sin perdón, ni redención dejándonos muertos en vida. Con la desesperanza de que al final podremos estar en paz y ser libres de los pesares; al menos no aquí, no en este ríspido y escandaloso plano. 

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