Por Martín Felix

Queda claro que como seres humanos jamás dejamos de aprender. Todo aquello alrededor de nosotros obliga a estar en constante alimentación a cualquier nivel.

Procesos que nos permiten superar obstáculos y así llegar a cumplir ciertas metas o propósitos. Etapa tras etapa del crecimiento a través de los años vista como parteaguas de experiencia, algunas amenas y otras complejas, agudas e incluso trágicas. 

Alba representa ese momentum de transición, de cambio y examinación obligada. Una inevitable evolución física y racional dirigida a las endebles capas de la niñez de manera drástica, dura, reflexiva e igualmente molesta. Frentes intransigentes que no guardan ni retroceden, al contrario, golpean el espacio con demasiada premura.

La mano de Ana Cristina Barragán evoca los puntos sensoriales más frágiles  para acentuar su obra al carril de la transformación agridulce sobre la madurez, el autoconocimiento, la cimentación de valores y de personalidad aunado al cruel trastoque del exterior. Dejando fluir sus curiosas e ineludibles rasgos, encauzando la narrativa al agobio circunstancial. 

Su cuasi silencioso recorrido se trasluce como burbuja emocional muy nítida e intrigante, recabando marcas de álgida tensión y presión psíquica bien aventuradas al peso del personaje y su desenvolvimiento. Aludiendo en el camino temas como la disidencia familiar y el bullying que se agregan a la escarpada moldura del filme.

Atando desde su entrada al eje sentimental y psicológico, abriendo brecha sobre las aflicciones que inundan al intelecto sobre el entorno. La estresante tarea de lidiar con situaciones extrañas, dudosas, acongojantes e incómodas con pena de encontrar porqués. Hundiendo atrozmente a un abismo inmediato de desgaste y decadencia cognitiva, contemplando al tiempo y la vida pasar con tal sosiego. 

Rompiendo fríamente el cascarón inmaculado de la infancia para traspasar a las fauces de una pubertad quisquillosa llena de tonalidades desconocidas. Intentando aprender y atender sus menesteres mientras se hace frente a una soledad disparatada, desatenta y completamente enredada. 

Encarnándose como ente sólo dispuesto a observar a su alrededor, aquel espectador alejado de la realidad, la cual, no termina de sopesar. Amedrentado por la avalancha de visiones guiadas en actitudes tendenciosas provenientes de una herencia social estereotipada; falsos faros aspiracionales capaces de doblegar espíritus. 

En todo este hito, destaca por mucho su modesta hechura fílmica apoyada, sin duda, por su cámara muy cercana que permite adentrarnos en cada capa emotiva a través de la mirada de sus personajes, además de sus muchos detalles y parsimoniosos movimientos.

La fría, grisácea, áspera y emocionalmente distante fotografía de Simón Brauer nos envuelve más en su denso habitad. Afilado por un sutil diseño sonoro a cargo de Alejandro De Icaza. 

Llevando la obra a concluir con un acto de prudencia absoluta. Refiriendo a que la paz, la calma y la felicidad están ligados en los pequeños lazos, en la auténtica calidad humana por sobre encima de muchas cosas perdidas en la banalidad.

A querer lo que se tiene, lo que se vive y de disfrutar del aprendizaje diario, comprendiendo de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

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