Por Miguel Ángel Domínguez Mancillas

Pensar en el found footage es asomarnos en rincones muy particulares de la historia del cine; adentrarnos a una serie de herramientas audiovisuales que difuminan la línea entre ficción y realidad, tanto dentro de la película, como por fuera de ella.

Cintas del tipo El proyecto de la Bruja de Blair o Cloverfield construyeron su mythos alrededor de campañas de marketing minuciosamente elaboradas: para La Bruja de Blair mantuvieron ambigua la autenticidad del metraje, llegando a pretender que los personajes en pantalla estaban desaparecidos en la realidad.

En el caso de Cloverfield, los trailers impedían ver qué era lo que estaba destruyendo la ciudad de Nueva York. El formato de “material de archivo encontrado” se regocijaba en lo incompleto, en la intriga de que lo ficticio transgrediera lo real.

No es de sorprender que se haya desarrollado a la par de la cultura internáutica donde lo que podía ser falso o verdadero se diluía con menor claridad en links de videos snuff o ARGs magníficamente elaborados. Todo eso llevó al formato y su incertidumbre entre lo falso y verdadero (que hasta hoy en día nos cuesta distinguir) a relacionarse con el terror.

Conforme se fueron adiestrando las herramientas del internet, incluyendo la llegada de las grandes redes sociales, la concepción del internet como una ultra-realidad misteriosa y llena de peligros se dispersa, dando lugar al entorno cibernético de comunicación masiva que nos une y conecta. Aunque el found footage seguía dominado por el terror, el formato nunca se cerró a otros géneros, como la comedia, que en ese entonces nos dio un reflejo narrativo violentísimo sobre el colosal sentido de conexión global que llevó consigo la cotidianización de las redes: Proyecto X (2012, Nourizadeh).

La película hace una crónica de la ínfima fiesta organizada por tres estudiantes de bajo estatus social: Thomas, el pasivo cumpleañero que poco tendrá que ver con los eventos de su propia fiesta; Costa, la mente maestra diabólica que mueve todos los hilos pachangueros; y J.B. (quien se limita a existir). Junto a su camarógrafo, esta triada de ineptos descenderán en un infierno de excesos y fiesta que condenará el resto de sus vidas.

Mucho más cercana a ¡madre! de Aronofsky que a Supercool, la comedia que en su tiempo se pensó estaba replicando, Proyecto X, en sus pretensiones de ser una épica fiestera en formato found footage, logra ser eso y más.

Para empezar, es una película sombría por donde la veas: Costa, el supuesto “mejor amigo del protagonista” fácilmente puede ser visto como el villano de la cinta: un sociópata con hambre de ser reconocido que decide promocionar una enorme campaña de marketing para atraer a la mayor cantidad de gente posible a la casa de Thomas sin su consentimiento.

Entre saludos nazis, misoginia y una actitud hostil, Costa moldea a la perfección la figura del rockstar internáutico viral a inicios de la década de 2010, criado en forums web donde se acostumbra y aplaude el esparcimiento de odio como 4chan: un patán con una boca enorme al que no le importan las consecuencias de sus actos.

Al igual que en ¡madre!, donde Aronofsky utiliza la casa de lxs protagonistas como su principal herramienta narrativa y discursiva (conforme el mundo y su gente se degrada, el hogar se desmorona), Proyecto X también proyecta la degradación del hogar como un espejo del deterioro moral de la fiesta, fugazmente hundida en violencia, traición y sexismo.

No obstante, la belleza y retorcida diversión de Proyecto X reside justamente en la hipnosis en la que induce a la audiencia, que a pesar de estar viendo a un grupo de personas cavar su propia tumba, la estética y el desarrollo de personajes nos incitan a cavar junto a ellos.

Y aquí es donde regreso al punto inicial de su sentido de conexión global: la construcción cinematográfica de Proyecto X es comuna web. La película inicia con una nota de Warner Bros agradeciendo a todxs lxs que contribuyeron material de archivo para la creación de la película.

Un guiño coqueto para abrir el filme, pero que también establece la sensación de ficción transgresora que caracteriza al found footage, a su vez que nos sugiere la fiesta como un evento masivo solo posible de acceder a través de material de archivo que, seguramente, sería subido a internet.

Y la película muestra esto de maravilla: en los grandes montajes de la fiesta, filmados como videos musicales, cortamos entre distintas cámaras para darnos la sensación de estar presenciando un evento pronto a ser mítico que trascenderá en línea (como la campaña de invitaciones de la fiesta misma): es el fiestón loco que vas siguiendo en las instastories de tus amigues.

Tampoco es de sorprender que la película misma haya influenciado a toda una generación que quisieron replicar su propio Proyecto X. Obvio que la mayoría de los intentos (o mínimo, los que llegué a ubicar) no pasaron del evento en Facebook, pero ese sueño masivo de recrear la salvajada de fiesta que Costa organizó nos habla directamente de lo tangible que resulta la ficción tanto por su formato found footage (con unos efectos especiales chulísimos que hacen que te lo creas todo), como una posibilidad en el aún creciente mundo de la red social. 

Sin duda, la cinta ha envejecido para bien y para mal. Por un lado, su humor quedó atorado en el boom dosmilero de las comedias grotescas; hay momentos en que se le nota feo su modelo found footage que cada vez lucía menos como un video filmado por chavitos, aunque la ilusión nunca desaparece.

Por el contrario, esa marca que el tiempo cicatrizó en ella nos la deja como un momento muy peculiar del cine industrial y su representación de la cultura en boga. Yo recuerdo muy bien 2012, la música que tronaba en las bocinas (tuve un viajesote de nostalgia cuando sonó el remix de «Pursuit of happiness»), las pijamadas con amigos para ver este tipo de películas e imaginarnos haciendo una fiesta igual de épica y la sensación de entrar en un mundo ajeno cuando metías tu usuario y contraseña en la página inicial de Facebook.

Proyecto X, en la que se siente como una lejana niñez del mundo web, asemeja de maravilla lo que fue y sigue siendo la experiencia de navegarlo: un mundo de horror y diversión; de vacío y plenitud; de perder y recuperar esperanzas. Es presenciar el tambaleo del mundo que nos rodea a través de nuestras pantallas… pero oigan, las risas no faltaron.

En uno de los momentos climáticos, Thomas acepta la imposibilidad de salvar su casa y futuro, así que voltea hacia un helicóptero en el cielo, que filma el caos de su patio trasero y le pinta los dedos mientras grita: “¡Mi fiesta es increíble!” La autodestrucción juvenil que nos caracteriza encapsulada en un joven incapaz de controlar su futuro: pinta los dedos al cielo, como mandando a Dios al carajo y baila con música electro hasta el tope.

Este texto forma parte de los resultados del Curso de Periodismo Cinematográfico de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hidalgo, realizado en septiembre de 2021. Agradecemos a Miguel Ángel Domínguez Mancillas por permitirnos compartir sus letras en este blog.

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