Por Daniela Valerio

Dicen que el amor es ciego, pero ¿quién no ha soñado con príncipes, modelos o personas tan atractivas que su belleza se vuelve hipnotizante?

Con cada día que pasa el amor parece quitarse un poco más la venda de los ojos en un mundo donde la atracción no es más que un proceso físico y, aunque no podemos negar que querer vernos lo mejor posible es natural, va mucho más allá, mucho más profundo.

El amor surge cuando permitimos que incluso esas partes más oscuras de nuestro ser sean vistas por la pareja que amamos, nace cuando nuestros deseos y nuestro futuro dejan de pertenecernos; es simplemente aquel golpe de suerte, aquella apuesta que puede brindarnos algunos de los momentos más dulces o amargos de nuestra existencia.

El séptimo arte es un lienzo en blanco en el que vamos pintando nuestros propios temores, sueños y deseos a forma de historias, un lugar donde algunos filmes son lo suficientemente valientes como para retar nuestra forma de ver el mundo y llevarnos más allá de nuestras propias creencias, especialmente, en el amor.

Actualmente, el romanticismo podrá haber abierto los ojos y puede que la belleza nos engañe cada vez más fácilmente, pero ¿qué pasa con los monstruos? Aquellos rechazados e ignorados a quienes solemos olvidar por estar atrapados en el cuerpo de un ogro o de un villano de un brillante color primario, ¿acaso ellos no pueden amar?

Los filmes que se atreven a desafiar esta noción que ata el amor con la atracción, son algunos de las más especiales dentro del género romántico, pues muchas veces tendemos a usar monstruos, criaturas feroces o simples características físicas para denotar todas aquellas emociones que preferimos evitar.

Sin embargo, películas como Shrek (2001) de Andrew Adamson nos muestran que una superficialidad en nuestras relaciones es incapaz de dejarnos conocer la verdadera esencia de las personas y nos hace preguntarnos si acaso tenemos más en común con el supuesto monstruo del cuento que nadie se detuvo a comprender o con el príncipe cuyas motivaciones se quedan en lo banal.

En este mismo género de películas animadas encontramos la infravalorada joya del 2010 Megamente (dir. Tom McGrath), que de manera similar a Shrek nos muestra que una apariencia peculiar o una personalidad incomprendida no significa una falta de sentimientos.

Pese a ello, este filme intenta plasmar que muchas veces esas personas que consideramos malvadas o difíciles de amar fueron víctimas en algún momento, rechazados y alejados solo por no verse o actuar como se esperaba.

E incluso en casos de villanos y héroes; el amor, la amistad y en ocasiones la verdad no siempre son fáciles de juzgar como el blanco o el negro, haciéndonos ver que en esas apariencias monstruosas y malentendidas se encuentra algo más cautivador que cualquier droga visual.

Los villanos y los monstruos también pueden enamorarse, ellos también pueden ver sus planes frustrados ante el latido de su propio corazón, incluso aquellos cuyo corazón se había quedado en silencio por tantos años.

Como la famosa película Drácula (1992), una cinta que llegó de la mano del talentoso Francis Ford Coppola para mostrarnos que la pérdida de un amor tan fuerte puede convertir a cualquiera en un monstruo que abraza su propia oscuridad, pues el origen de esas criaturas a las que tanto tememos no es un frío laboratorio o las oscuras profundidades de nuestro planeta, los monstruos más temibles son aquellos nacidos del corazón destrozado de un amante cuya razón de existir ha desaparecido.

Pero si hablamos de filmes que nos han brindado nuevas formas de ver el mundo tenemos que mencionar la clásica película de Disney estrenada en 1991 y dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise: La Bella y la Bestia, que a pesar de su longevidad se opone a la idea de un amor superficial y nos brinda una alegoría y una advertencia en la que de seguir buscando el amor solo con nuestros ojos, estaremos “condenados” a una vida donde las personas solo ven el exterior, encarcelándonos en un cuerpo que no demuestra el latir de nuestros corazones.

Un mensaje que sigue resonando en cada momento de nuestra historia al punto en que nuevas adaptaciones de esta ideología han profundizado aún más el mensaje original, tal es el caso de la aclamada cinta del director Guillermo del Toro, La Forma del Agua (2017), haciéndonos ver que el amor no siempre tomará la misma forma, que no puede ser juzgado en base a reglas estrictas, que no tiene forma ni tiempo ni lugar, solo es un golpe de suerte, un salto de fe que debes tomar en cuanto llega para no permanecer atrapado en la sombra de unos ojos engañados por la belleza.

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