Por Martín Félix

«Todos son necesarios, mas nadie es indispensable», tal vez pocas o quizás muchas veces hemos escuchado esta frase, principalmente aquellos que están cercanos a una empresa, patrón u organización.

La vida invertida en ese trabajo que simplemente representa un lugar ocupado o vacío a la hora de los cambios, al momento de reemplazar la pieza de un sistema altamente despreocupado por quienes mantienen todo en equilibrio. Verdaderos motores no forjados en acero sino en sentimientos que buscan reconocimiento y gratitud por lo que hacen, pues son seres humanos; de eso, es lo poco o lo bastante que se acerca The workers. 

Un foco prendido que vislumbra sobre las desigualdades, injusticias e insomnio de los aposentos laborales. El tiempo dado al servicio integro, entero y mutuo por la esperanza firme de culminar de manera significativa y dignificatoria para un desgastado cuerpo lleno de quejas que ya sólo busca paz y la buena soledad.

Todo un esquema abierto hacia la profundización emocional, moral y perseverante del trabajador común, del mismo que se levanta a cumplir a pesar del doloso paso del reloj. Una cátedra de compromiso y confianza, pero también de hartazgo que termina por quebrantar la fidelidad para intentar levantar la mano y la voz ante las dificultades que simplemente parecen invisibles y no se notan. 

Con mucha disciplina, José Luis Valle nos otorga una entrada bastante ordenada, de abundante calma y apaciguada estética con la que comienza a hilar de manera nostálgica el lecho de su narrativa. Llevando por la apreciación de la existencia a través del tiempo, contemplando todo aquello que ya ha pasado ante nuestros ojos, lo vivido, lo aprendido y lo que dejamos pasar tras ser partes de ese eslabón activo.

Creando una visión enternecedora, melancólica, irónica y trágica de quienes están detrás de esa búsqueda por la superación diaria con mucha pulcritud, orden y entrega. Dando a sus personajes enorme lapsos reflexivos, de autocompasión, compresión y cavilación de lo que han hecho abriendo poco a poco sus fibras emocionales, sus dolores más íntimos, los anhelos que todavía persisten y los recuerdos de su larga andanza a manera de retratar cómo todo cambia con el pasar de las décadas. 

Prestando atención a las riendas en la que nos lleva, pues muestra la perspectiva de ambos géneros, marcando la pesadumbre en los dos lados de la balanza. Tomando equilibrio que se siente empático e igualmente conectado, colocándoles obstáculos subyugantes a su persona donde observamos sus matices éticos y también morales. 

Paralelismos que dejan como manifiesto la trascendencia y trastoque del oficio. De mantenerse estoicos y dignos antes los desaguisados, ante esa figura inerte que jamás moverá su cabeza para verlos en forma apacible pues son vistos como entidades las cuales tienen por destino cumplir con su cometido. 

Pieza en donde sin duda hay que remarcar su hechura filmica que permite respirar cada parte del metraje. Su cámara estática e imponente, demasiado marcada para dar peso, para otorgar cabida al silencio, al pasivo ruido de la voz pero sobre todo al tiempo y el espacio en relación a sus participantes, lo que viven y sienten a cada cuadro. Destacando el planito secuencia fijo muy ameno, la forma en la que va tomando energía, haciendo fluir todo de forma vívida en el que el diseño sonoro de José Miguel Enríquez y Pablo Fernández le da entera naturalidad. 

Con una siempre atmósfera gris, opaca y sentimental de la fotografía de César Gutiérrez Miranda además de la calma edición de Óscar Figueroa que verdaderamente hace mirarnos frente a frente con el filme. Para así llevarnos a este gesto casi decoroso del ser y los años.

De la catarsis hecha en la paciencia perpetua, de resistir y seguirlo haciendo. De la recompensa que llega quizás tarde, pero nos deja saborear lo justo y lo debido, ese último plano de peso simbólico fenomenal que evoca nuestras añoranzas vivas para decirle al mundo que aún podemos continuar. 

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