Por Martín Felix

Nota calma transformada en epopeya emotiva, trascendental, furiosa y ríspida. Percusión intensa, empapada de anhelos y de suma frustración enardecida por la fragilidad de las ilusiones, la esperanza por la aprobación y el palpable recelo exigente de la sociedad hacia nosotros.

Whiplash resuena como dicha composición incontrolable que no solo transmite fuerza y desgaste, sino también pone a prueba lo quebrantable de la mente y el cuerpo, el valor de las convicciones, la voluntad, la valentía y el miedo escondido tras una exigencia arremetedora. 

Transformada en un estruendo muy vivaz y frenético que nos habla del empecinamiento y el sufrimiento, del goce y la inquietud, de lo plausible y lo humillante, de lo ridículo y lo decisivo, de la debilidad y la transformación. Tocando los platillos de lo psicológico, así como en la fortaleza para desvanecer un temor y crear una potencia, una que pueda superarse y buscar ser leyenda. 

Así, Damien Chazelle compone esta analogía de lo que se quiere y lo que se puede lograr, dejando de lado todo por medio del sacrificio casi absoluto, encontrando un único lenguaje para hablar y darse a entender mientras golpean tu ego, aparentan amistad y pisotean tus ganas. La confrontación con un antagonista representando la crudeza de la realidad, de lo costoso de los errores y flaquezas o quizá es la representación misma de la disciplina, de lo complicado del estoicismo, de la gallardía y de la excelsa pulcritud a seguir para alcanzar finamente ese matiz de brillo. 

Ecos que nos someten en evaluación personal y nos plantean: ¿somos fieles a nuestras metas?, ¿qué estamos dispuestos a sacrificar por alcanzarlos?, entre otras. Además de poner en relieve situaciones externas llenando ese vaivén emocional, de escalonados sentimientos afables y de sensaciones cuasi sofocantes, con puntos de presión magníficos que rompen incluso con la dignidad de sus personajes. 

Resaltando mucho la destreza con la que se desarrolla el filme, los agudos movimientos de cámara sutilmente empalmados a su partitura, la rapidez y soltura del montaje de Tom Cross que le otorgan levedad amena y tensional. Bien regulada en sus dosis de drama y música como balance vertiginoso de las emociones, del estrés y el júbilo. Además de sus muchos planos detalles que generan buena expectación en cada uso. Todo esto bajo la cálida fotografía de Sharone Meir que choca con la fría, áspera e incrédula esencia.

Así, Whiplash se enaltece de gusto y exigencia, en ser la respuesta de cómo ser el mejor. El contrapunteo de recorrer el desaliento, el desamor y las complacencias por encontrar la cima; recorremos entonces el dolor de una pasión, de un sueño roto que al final nos regala una mirada fuerte, pero satisfecha como mero reconocimiento de que el éxito, el valor y el talento están allí. 

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