Por: Martín Félix

Cual charola de plata, The Shining (1980) de Stanley Kubrick se entrega a nosotros como una enigmática y absorbente obra que se desdobla de forma tranquila, sagaz, dejando fuera la superficialidad para tejer una delgada y constante capa de emergentes sensaciones de asecho e introspección.

Emerge en un tinte sombrío e intrigante desde su primer momento, con una sistemática simple y sutil encaminada a través de un laberinto por lo oculto y penumbroso del hervidero psicótico de la memoria y los eventos sin explicación, dando recorrido del ligero, conciso y muy certero desgaste del matiz tan frágil de la mente humana, aunado al desahogo total de los instintos salvajes. 

Transformación de los caracteres emocionales, a tal grado de deformación hasta que sean irreconocibles, motivando la sed de los horrores remotamente ocultos con inquebrantable confianza a ser saciados.

Kubrick nos lleva en un fino y delicado paseo delirante, armado en una estética alocadamente pacífica, lenta, suave, hipnótica y atrapante conforme avanza. Se colma de un sentimiento de enajenación, claustrofobia, desesperación e incertidumbre; prestando tal cuidado a la modificación del gesto formal de la cordura hasta el brote del retorcido halo de la demencia furiosa. 

Golpea con fuerza el manejo de la tensión, suministrando de manera racionada hasta colmar y acelerar el bastión del miedo, la enorme importancia al factor del tiempo para elevar de manera crítica la historia. Colocar a los personajes en un punto de estrés tan agudo para hacerlos llegar hasta sus bajos principios como lo es la supervivencia. 

Representante del amplio deterioro físico y del intelecto, para dejar en claro la intensión malévola del espíritu humano, causado por la presión, el estrés y los problemas penetrantes a la fibra que mantienen sobrias y despejadas a las ideas. Deja de lado cualquier pizca de racionamiento capaz de librar del caos sanguinario y a la investidura de una maldad que siempre se encuentra presente.  

Es pues, The Shining, una obra que termina por ser un viaje a lo más recóndito, confuso y delicado de los parámetros entre lo sobrenatural y la combinación de las perturbaciones a la conciencia de una persona. Nos lleva en una tormenta torneada entre la calma y la fuerza en su punto más álgido, en un tumulto que sin descanso, te mantiene a presión constante sin dar tregua, llegando a un golpe final que congela tus sentidos, dejando respiración profunda y mirada fija. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *