Por Martín Félix

Filmada con smartphone, Tangerine es una esfera suburbana encendida, de mucho movimiento, retacada de rincones grises, así como eventualidades que algunos ignoran y otro son parte de ello. Un muy matizado manto cálido que captura la esquela de la típica urbe trascendental de la cultura americana. 

Sean Baker deja un poco de lado la parafernalia propia de dichos sitios e intenta romper el esquema dando pie de partida a su obra mediante un conflicto que se digiere con facilidad. Ese banderazo de salida hacia una travesía, un paseo o viaje que para su final ha de mermar, enseñar y transformar los semblantes de sus involucrados y por qué no, darnos algunos elementos como espectador para tomar cosas en distinta perspectiva. 

Su avance dinámico, de montaje intenso y rápidos vistazos exploran ese lado gris de la sociedad a retratar. Sus evidentes precariedades, roces de intereses, pobreza, drogas, adicciones, prostitución y por supuesto las disidencias de un personaje transgénero que convive, enfrenta y conecta con el entorno en el que se desenvuelve. 

Más allá de mostrarlo como un falso empecinamiento «inclusivo», su línea recorre a forma natural, sin morbo, tabúes o tapujos los desgastes propios de dicha convivencia. Evocando en esos terrenos detalles que le brindan cierta complejidad a la cinta, pues converge sensaciones reales sobre los personajes.

Ese paseo por las aflicciones impulsadas por el recelo y la frustración, transformada en un ensayo de hermandad y ayuda. Emociones que los hacen diferir, que los corrompen, los trastoca, pero también los unen, la inflexión de los lazos de amistad, de comprensión, empatía y obviamente cariño. Haciendo que este manojo sentimental pasen por un no tan agraciado momento, por pruebas y límites, con coyunturas raras, violentas, incómodas e incluso tragicómicas. 

Forjando ese torbellino que desemboca al mismo punto, abriendo distintos hilos, pero al final, se unen tras el mismo vértice, haciendo notar un sufrimiento parejo, total, en mismas instancias y circunstancias. Los problemas, la angustia y el dolor como pesares que no observan género, ni preferencias, pues estos llegan por igual. 

Todo sufrimos y en esa decadencia nos damos cuenta de que en realidad estamos siempre al mismo nivel. Dependerá entonces de la valentía, la dignidad y la confianza de las personas más cercanas a nosotros para regenerar los ánimos. 

Terminando es ser ese viaje redondo, el ocaso reflexivo que habla sobre la ruptura de la moralidad en los individuos, de las estridencias mal encausadas generadas por falsas esperanzas y mentiras. De la igualdad vista desde una dolencia totalitaria y la aun latente discriminación que responde con compañerismo, además de fuerza, pues la unión es la base y salir de pie el esfuerzo de todos los días. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *