Por Martín Félix

De pacífica entrada como ese saludo cordial y elegante, finamente arropado por una ligera brisa de abrumadora quietud. Caminando levemente con recatado paso sobre alineadas texturas y vastos detalles que enseñan el portento cuasi perfeccionista, retocado por el misticismo de la alegría, de amabilidad, franqueza y el rubor natural de la felicidad. 

En un bocado, Swallow termina con la dulce postal y lo reemplaza por el triste semblante donde los sentimientos encontrados comienzan a generar estragos. Pesares que gradualmente pierden su esencia y se deforman a grados quizás incomprensibles por nuestra barrera obtusa, o bien, se trata entonces del lenguaje propio del sufrimiento cuando la dignidad es tan poca y el añoro por la vida se resquebraja entre cortinas y muebles bonitos.  

Su visionalidad simétrica, su luminaria melosa, acaramelada y enternecedora se torna incómoda, estrujante y lasciva. Carlo Mirabella-Davis crea en su obra el parteaguas de un bizarro pensamiento, del agobio psicológico nacido por el egocentrismo material, la convivencia anormal y acartonada que deja fuera el carisma y lo transforma en caridad mal intencionada, manipulación, señalamientos indirectos y apatía.

El rechazo frío y castigador que va corrompiendo con premura la confianza, la voluntad, la sonrisa y la endeble cordura, llevando a buscar ese punto de equilibrio poco racional de un hervidero que solo puede ser saciado en las palpables percepciones gustosas. Un hábito extremista, puntilloso, lastimoso, bajo y ruin flagelo, tanto físico como mental, convertido en satisfacción, en incentivo, como automedicación para ver cuan fuerte se es y elevar así el estado de ánimo, ayudando a contrarrestar la preocupación por los actos forzados y la angustia. 

La sensación de completar o quizá destruir algo dentro sí, de mandar un mensaje certero de calma al organismo e intentar detener el tiempo en la esquela de tranquilidad. Pues mucho de lo que hacemos a manera inconsciente es el reflejo de lo acallado, de todo aquello adherido a nosotros, de lo que hemos padecido y se encuentra acaecido en la mente, logrando salir de alguna forma sin darnos cuenta. 

De un acto obviamente mal visto, pero entendido como proceso para restaurar lo dañado y maltrecho. La seguridad que en cada trago estamos más cerca de sentirnos plenos, construidos y redimidos de las desgracias dejadas por la vida. Evocando la frase «eres lo que comes» como una bella analogía de sentirse tal y como todo aquello que entra al cuerpo. 

Problema que solo se puede atacar desde su raíz, siendo valientes al ir en busca del origen de esas fluctuaciones avivadas por el vacío, el desconsuelo y de muchas otras cosas en apariencia perfecta y complementarias que en realidad no lo son. Las fibras tocadas tras la fachada de la felicidad, del amor, del matrimonio y la maternidad por intentar conocernos a nosotros mismos, razonar la infortuna existencia y medianamente asimilar los porqués. 

Ecos bien logrados por la delicada aura fotográfica de Katelin Arizmendi, golpeando en el sentir con lo suave de su gama. Lo interesante de la cámara que juega mucho con las perspectivas de los personajes, con los reflejos como manifestaciones de una variedad de rostros, con los detalles haciéndose valer de composiciones minimalistas además de la simetría. 

La importancia del paisaje sonoro que toma protagonismo y vitalidad en sus momentos álgidos. Hablando también del diseño de producción de Erin Magill, completamente distinto al del personaje principal, haciéndole notar en cada espacio en forma amorfa e inusual. 

Así, el anhelo de cariño y comprensión que al final es una dura catarsis al darnos cuenta de lo que tenemos no es en realidad lo que queríamos. El crudo procedimiento por deshacernos de lo que no es nuestro y aunque el error es cruel, deja la sobriedad para recuperar el aliento, fajarse los pantalones y continuar solemnemente. 

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