Por: Martín Felix

Bestialmente el torrente sanguíneo se llena de inquebrantable poder y adrenalina, cuerpos estremecidos en pozos de sensaciones gigantescas, montaña de increíbles portales creados a rienda suelta por el raciocinio perdido y sin escrúpulos.

Tremenda obsesión aferrada a cada fibra del cuerpo, la sustancia avanza y consume al organismo como colosal bólido en una carretera circulatoria. Formador de locuaz pensamiento y desencadenante del asedio a mayor placer. 

Aronofsky nos ofrece en Requiem for a Dream el éxtasis emocional y con encauces sentimentales del perturbador acercamiento al oscuro rincón de la dependencia moral y física en las adicciones.

Encuadra el trasfondo preciso para representar la casi invisible línea que rompe aún más el desmoronado equilibrio social. Con suma creatividad, muestra las maravillas y el jolgorio propios de las drogas, la inconmensurable felicidad llegando a voraz rapidez, desvanecedora de problemas y creadora de sueños utópicos; artífice de escape de la nefasta realidad, puerta trasera hacia otras alternativas de vida digna e ideales para quien las consume. 

Paranoico sendero de la sumisión a lo externo y sustancial, no sólo del uso de estupefacientes, sino de otras ambiciones intrínsecas al hombre como lo pueden ser la glotonería, el bombardeo televisivo y la complacencia carnal.

Tejido en un mismo hilo homogéneo que, sin caer en lo novelístico, se va deshilachando poco a poco. Desentrañando los niveles más bajos de la condición humana, la pérdida del amor, la erosión de la dignidad, la deserción social y el severo desgaste de la mentalidad. 

Revela en cierta forma los actos “justificados”, emergentes de la necesidad por saciar lo faltante sin importar acción o costo, vista desde la doble textura de quien trata de redimir su vida con el apoyo de los psicotrópicos y aquellos que ven afectado el entorno cercano a ellos, destruyendo por completo su atmósfera personal. Sentenciados por la guillotina de la sociedad normal, acongojante y conservadora, misma que los obliga a ser como son. 

Termina por ser una carga fuerte para los sentidos, montado en el sube y baja que recae en el deterioro total hacia un individuo, su catastrófico desenlace, la terrible persecución de las manías e irreparables secuelas.

Reclina a la propia introspección, de la autocrítica seria y minuciosa, pues, ha enmarcado una arista sobre el punzante y agudo estigma, no en los químicos, sino la atrocidad generada a partir del deleite excesivo de los placeres.

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