Por Martín Felix

Persona resulta ser una obra demasiado intensa, ese parón en seco a los sentidos y la imprescindible invitación de una catarsis muy solemne así como meticulosa del ser.

Potenciada desde el cauce inicial impregnado de tonalidades experimentales que subjetivamente se van hilando a las entrañas del filme; donde revela sus pesadas intenciones y las conjeturas del pasmoso socavón a inmiscuirse.

Ingmar Bergman aborda su narrativa sin rodeos desenrollando los matices primarios de la misma eclipsando el aglomerado y severo viaje hacia la inteorizacion mental.

Una estructurada introspección que aborda muy enfáticamente el quiénes somos y cuestionando si el punto donde desemboca la vida es de nuestro agrado o es la fluctuación que ahora nos hace frenar de golpe para inútilmente tratar de rebobinar.

Surcando la negación absoluta de la identidad y la necesidad de alejarse a toda costa de la realidad, la cual, es concebida como banal, sufrida e infestada de falsedades, de muecas a manera de sonrisas y esbosos secos que sólo fingen felicidad.

Creando brutalmente un reflejo de nuestros encarnecidos miedos, las más íntimas frustraciones, las desgastantes pesadumbres y el tormentoso acoso de convertirnos en ese alguien que no queremos ser, en la revelación del ente al que jamás queremos llegar. 

Logrando que sus personajes converjan en situaciones sumamente estresantes con agobiante cercanía psicológica, como si se tratase de una dualidad en guerra física y desde lo más profundo de las fibras del razonamiento.

Riñendo por el temor de afrontar las responsabilidades, el peso de los actos y las consecuencias que cada uno de ellos trae consigo, aseverando tarde o temprano éstos nos alcanzarán y no podremos fingir desaparecerlos. 

Tocando aristas cercanas de la locura, la maternidad no deseada y el quiebre de la confianza además de verse envuelta de muchísima empatía.

Ese sentimiento de vernos en otras personas, porque también observamos en ellos los propios lamentos compaginados que delinean nuestro rostro a la figura y semblanza del otro con la intención de sacarlos de ese mar turbio y gris en donde han caído.

Resaltando por mucho la pulcritud de su técnica, el cuidado de sus generales y sus seguimientos, su robusto dolly e igualmente la enorme atmósfera contemplativa entre los participantes logrado por el atrevido juego entre la cercanía de sus rostros encumbrados por el maravilloso primerísimo primer plano bipartito.

Llevado de la mano por el montaje de Ulla Righe, encontrando ese punto de quiebre en la hechura musical de Lars Johan Werle, sin dejar atrás el excelso trabajo de fotografía bajo la tutela de Sven Nykvist, quien nos regala agudos claroscuros, marcadas siluetas y penetrantes medios tonos. 

Logrando así desbordarse en ser un autoanálisis severo, exhaustivo así como cauteloso.

De lo inútil que resulta escapar de sí mismo porque estamos arraigados a las experiencias que son imposibles de borrar, dejándonos con una extraña aceptación identitaria, una parcial victoria ambivalente o una dolorosa redención racional, pero, fijo ítem que ha de seguirnos hasta el final de los días.

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