Por Martín Felix

El azote de la violencia que hemos vivido año con año ha creado una marca gigante en el sentir de nuestros corazones y en la sociedad en general. Esa herida insanable acrecentada con el tiempo forjándose como una pesadumbre lúgubre alrededor de nosotros y a la que simplemente nos hemos acostumbrado.

Lidiando con el temor, conviviendo junto a la conmoción además de las enormes dificultades desencadenadas a su paso. De eso nos habla Noche de fuego de Tatiana Huezo, conformada como una obra de reflejo claro, maciza e igualmente concisa de las atrocidades vivencias bajo el manto oscuro de las transgresiones y su intento por permanecer intactos.

La realidad hecha ficción alejada por completo de ser condescendiente poniendo al espectador en claro sentimiento empático de lo que acontece. Pues estas crueldades no terminan, incluso siguen sorprendiéndonos y sacando de nuestro pecho acogojamiento puro que en algunas ocasiones también termina por reventar la burbuja de la aceptación llegando al hartazgo colectivo.

Filme de respiración profunda, de intenso compás abierto desde el hoyo a la desesperación. Lo hipnótico de sus detalles y lo interesante del ritmo con el que avanza da majestuosa apertura de su amplio contexto. Quitando ese brillo en nuestros ojos para inmiscuirse en una realidad trastocada, frágil e intransigente. Un plató donde podemos observar los fuertes rasgos de la sociedad precaria, carente, desamparada, amedrentada y escasa de oportunidades. 

Aprisionando, encarcelando y obstaculizando a quienes intentan sobrellevar sus vidas. Trasladando la línea narrativa a través de la mirada atenta, cuestionadora e inocente de la infancia, amalgamando a sus personajes como un núcleo importante en busca de respuestas y porqués del entorno, el cual, intentan comprender. Poniéndolas en las fauces de la marginación, la explotación y sobre todo un estigma de caos que fragmenta la poca paz que queda. 

Logrando contemplar las fibras más íntimas de la opresión del crimen y más que sus horrores visuales, retrata la psicosis, el miedo, desesperación y angustia fraguada con el pasar de los días. Buscando así la manera de sopesar y sobrevivir sin desatar su furia viéndose casi obligados a participar de actos creídos como justificables para ganar su vida y estancia entre comillas tranquila.

Levantando el bastión acongojante, pesado y acechado en todo momento por un ente lascivo, soez y ruin que destruye la dignidad así como deforma por completo el halo de la realidad. 

Que bien captura los rostros del desconcierto, de la incertidumbre y el sufrimiento que deja un nudo en la garganta. Que bien logra plasmar el enorme sobrepaso del delito por encima de la ley, obviando los lazos de corrupción para dejar a los pueblos a la voluntad de Dios, como campos de batalla, completamente abandonados y a la deriva. 

Resultan bastante atractivos algunos momentos muy folclóricos y emotivos, yéndose con demasiada naturalidad, misma que nos abre también puertas hacia la construcción de una hermandad fuerte esperanzada en mantenerse unidad para siempre a pesar de los obstáculos. Plasmando también sus roces naturales como el amor, los ratos amenos y el mismo florecimiento de la juventud que engrandece el autoconstruido lazo mental entre ellos. 

Aquí es donde debemos destacar por mucho la dirección de Tatiana Huezo, por la intensidad lograda durante el recorrido, su mano como documentalista que no pasa desapercibida porque a ratos se puede sentir como si se tratase de uno, dándole mucha sensatez a su trabajo así como la manera de refrescar en todo momento los encuadres y perspectivas que se acoplan al educado montaje de parte de Migue Schverdfinger.

Tomando fuerza de la hechura fotográfica de Dariela Ludlow, quien logra crear un aura amarga, solitaria y obviamente melancólica, sacando provecho de los tonos fríos distantes en compañía de cálidos llenos de tristeza.

Mencionando igualmente la imponente composición del paisaje sonoro de Lena Esquenazi que consigue demasiada importancia en el desarrollo y como parteaguas de todos los momentos tensionales de su narrativa acompañado de la nota musical por parte de Leonardo Heiblum y Jacobo Lieberman.

Quedando como muestra apabullante y aterradora de las graves huellas hechas por este círculo de idas y vueltas, interminable, sin fin, ni salida. Un paseo estresante, de amarga experiencia causada por el desequilibrio de vivir atormentados, sin esperanza, ni solución.

Su pesado final rompe la barrera entre lo desgarrador y ese momentum de cansancio social que termina por puntualizar la funesta agonía donde no queda más remedio que sopesar las tristezas, llorar por las pérdidas y tratar de levantar la cabeza con el maltrecho anhelo de seguir adelante a sabiendas de que esto todavía no acaba. 

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