Por Martín Félix

De la noche como compañera, mientras todos duermen cientos de eventos pueden ocurrir, habrá que recurrir a los que se mantienen alerta para presenciar y capturar lo que pasa sin darnos cuenta. Un pequeño teloneo de la forma en que la obra de Dan Gilroy se muestra ante nosotros, brotando como una supuesta incomprensión, de una búsqueda muy desorientada, pero, bien sustentada en aprendizajes metafóricos casi calculados que empoderan al personaje principal de un brillo intenso para recubrir su fría conducta, su poca percepción de la moralidad y el empecinamiento desquiciado. 

Así, Nightcrawler permea una historia de vertientes llamativas circundando entre la soberbia y la malicia, del sensacionalismo y el morbo como mera certidumbre para llevar hasta un punto de quiebre. Hablamos entonces sobre el fanatismo dañino, entendido como una adjudicación de poder, de control e incluso de fama que transforma los semblantes de una mente con mucha falta de principios, más no de inteligencia y ambiciones. 
La complejidad de un individuo deseoso de reconocimiento a gran escala, tratando de encontrar guía en ánimos, de hacer nacer una pasión, de ser funcional y dejar de lado su estadía en la sombra.

Abriéndose paso en forma sagaz en un mundo de controversias, de tragedias y de visionalidades intensas como reflejo de las pútridas conciencias y enajenadas vicisitudes de la sociedad que absorbe la catástrofe ajena como merienda cotidiana.

Reventando como obsesión seductora y placentera al tiempo de ser lasciva, retorcida y enfermiza, alcanzando las puertas de las potencialidades que existen en los medios masivos para acrecentar esto. Yendo más allá de la praxis minuciosa por la categorización de las noticias (agenda setting), se trata de la explotación de las morbosidades, de lo sangriento y de la dolencia como mero foco de atención. Del populismo común orientado por la confianza ciega tras la mirada de alguien desorientado y perdido, sin motivación aparente.

Sacando jugo del poder de su alcance para causar psicosis y alarma entre las masas, donde se ve retratado esa interpretación que se le da a la realidad por medio de las emociones y sentimentalismos. Podría también evocar al debate sobre la labor del reportero, más allá de la periodística y a la ruptura de la ética y la moral por interferir o no en la realidad, pero el personaje, más allá de ser alguien preparado en la materia, sus convicciones se materializan en disfrutar de obtener la atención mediante el drama y la violencia. 

Es obvio que este choque lleva a un enardecido conflicto de intereses, de mentalidades que poco a poco desgranan el sentido común y cambian totalmente la percepción del entorno, haciéndole un animal salvaje, de acecho, oscuro en ideas y en pensamientos para caer en completa frustración, rabia y estridencias ante otros, incluso la traición antes que dejar caer su torre de egocentrismo. 

En otros ámbitos, resulta ameno la cercanía con el semblante del protagonista para ir observando el cómo se resquebraja psicológicamente y la manera en que se maximiza su manipulación y oportunismo. Al final de cuentas podemos preguntarnos: ¿el fin justifica los medios?

Pues al parecer estamos solo en la punta de iceberg de una convicción muy enardecida que a su vez empuja ese negocio tan atrayente como la miel misma. 

Vende la pena, el pánico y el miedo, pues parece la estética y características del aglomerado desensibilizado y padeciente de diversos aquejos. Pero aun así, responde a especular y lanzar criterios insanos hacia lo trágico, siendo hito inagotable antes que encontrar un límite. 

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