Por Martín Félix

De palma a palma se abren las grandes puertas hacia el reino de los cielos, glorioso aposento de su doctrina, pacífica morada donde se resguarda a Cristo esperando la visita de sus allegados sedientos de esperanza, de paz y vida eterna. La hora sagrada, la reunión solemne que entrelaza a los pueblos en un mismo camino. 

Asombroso fervor divino, máxima expresión de apego a las leyes santas. Nattavardsgästerna es una obra formal y delicada que muestra paso a paso los verdaderos rostros cabizbajos de la religión: consternación, tristeza y acongojamiento, revelando el revés innegable de los altibajos humanos, consagrada en un cáliz de poderosísima contraposición. La riña persistente entre las diligencias del paraíso y las conductas errantes de los individuos.

Bergman construye un vasto juicio sobre la estructura propia del catolicismo y aquellos que profesan ser los elegidos por el salvador, como sus guías morales y espirituales en la tierra. Exhibe los más profundos pesares y las emergentes emociones negligentes ante las órdenes bíblicas, poniendo sobre la mesa la terca idea de duda acerca de la existencia de Dios.

El lascivo actuar del hombre mientras se destierra de la fe, la negación del creador para otorgarse a sí mismo una nueva libertad, el exilio cristiano provocado por la búsqueda de complacencia ante las vitales interrogantes y no obtener desahogo. Pesante sufrimiento en cada acto, la vida toma una ruta de dudas y desesperación, exigencia incesante por una autorespuesta para saber que ha sido correcto salir del rebaño.

Reproche constante al todopoderoso por no entender el sufrimiento de quienes lo siguen y hacer caso omiso a las plegarias. Punto medular donde se trastoca cada superficie, transformado la furia, en el reconfortante lienzo de la empatía, el legado para entender al padre, su cometido y los sacrificios hechos por la humanidad.

Comprender que nuestro padecer comparado al suyo es insignificante. A ver los conflictos en las masas como prueba de serenidad y templanza, señal poderosa para recobrar las fuerzas, volverse al camino, apaciguar las dudas y calmar la angustia del alma. Luz renovadora de la fe, fortalecedora del espíritu, para dar un nuevo rostro de paz y esperanza al vicario de Cristo.

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