Por Martín Felix

Paseo encantador, mural pintoresco, cuasi poético sobre el irascible golpeteo  de la existencia misma sobre nosotros. Sin otra cosa que no sea un compás nostálgico y endulzante al ojo tanto como al oído, Los 400 golpes es una invitación a dejarse llevar entre sus aristas mas suaves, pero, también recias, un mucho amargas y sollozantes.  

Es natural sentirse cobijado por la naturalidad en la que se muestra, con finura, sin mucha complicación. La mano de François Truffaut delinea poco a poco su escultura fílmica llevándonos a conocer entre los recovecos citadinos una narrativa a bien ágil o sencilla, un desazón simple que se torna complejo ampliándose en una mirada enternecedora, reflexiva, de coraje y razonable sobre la vida. Propia a darnos todo o ser áspera e igualmente fría sin dar espacio ni treguas. 

Sus prominentes rasgos van  encaminados a la enseñanza sobre la rebeldía, la violencia y la educación. La búsqueda casi obligada por una construcción de identidad moral así como de valores ante las cosas que todavía no comprendemos por la falta de experiencia. Una mirada profunda sobre la juventud vibrante que raya en la soledad, la indiferencia y la nostalgia con autoproclamada incomprensibilidad. 

Encauzando un distanciamiento psicológico a forma de lastre como enemigo para superar los problemas a la par que se intenta crear lazos de confianza y pequeñas sensaciones tomadas como rastros efímeros de felicidad.

Trayendo consigo ese duro, severo e intenso puño de hierro como molde de la responsabilidad e identidad que desgasta, somete y arrincona el poco espíritu en pie; liberando los anhelos, los sueños y las ganas por librarse de todo. 

Suave entorno bien creado por sus parsimoniosos dollys, la magnificencia de las tomas abiertas, lo interesante de los encuadres subjetivos y lo comprometedor de sus primeros planos. Con ligero montaje apoyado de la nota musical de Jean Constantin quien nos regala una esencia balanceada entre lo jovial y lo entrañable. 

Delineando su final en un aguerrido escape de todas las agonías, de todos los golpes. La huida que se consagra como inicio de una transición dejando contemplar en ese fastuoso último plano el auténtico y gesticulado rostro de la calma combinado con alegría.

El afable momento dado por ese deseo encarnado como toque a que el camino es cruel pero no imposible, dicha sensación extraña y al mismo tiempo agradable a los sentidos que tranquilamente vuelve a enriquecer el alma.

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