Por Martín Félix

Una conjetura difuminada y turbia dan la bienvenida al recorrido cansado y lastimoso de su moldura. El trazo agudo, así como atrevido de una realidad abrupta, obviamente injusta y acribillante que solo lleva al dolor prolongando.

Así, la ficción debut de Gabriela Calvache nos lleva por las oscuras laderas del sexo servicio, la trata de personas y la explotación sexual para fraguar su narrativa de amarga y decadente textura, misma que estalla como crueles estigmas a la dignidad, siendo el eje para la búsqueda empecinada de ayuda y de compresión, acrecentando ligeramente la esperanza por acabar con ese catastrófico yugo. 

La mala noche se moldea a través del demacrado semblante de sus personajes, de crear sentimientos efímeros sobre el erotismo y el sexo, de una capa endeble, maquillada y tierna que pronto cae por lo salvaje de su entorno. Llevándonos a la desconfianza por los falsos lazos que se debaten en la verdad o en la mentira. Poco a poco conocemos las justificaciones palpables que ponen a relieve el dolor personal, familiar e incluso social que merman el espíritu ante la pesadumbre. Agudizando con firmeza la fragilidad innata a nosotros, viéndonos retratados como figurillas fragmentadas que simplemente nos retocamos para no caer, para aguantar un poco más cuando el camino es pesado. 

Sirviendo de guía para mostrar un proceso delictivo que por momentos podría rayar en un drama poco atractivo, pero que se sabe librar por sus mucho matices más delicados, evocando al desgaste, al miedo auténtico, a la frustración y autoflagelación de un mundo desmoronado. Sus momentos de contemplación funcionan para acrecentar las aflicciones agregando roces que se deforman hacia un triángulo entre decepción, adicción y la fluctuación del ser. 

En parte este filme ecuatoriano logra obtener presencia de su estupendo trabajo en fotografía de Gris Jordana, haciéndose notar por sus colores profundos, fuertes y bien marcados. Los tonos azulados dan alma distante al filme, además de los paneos trabajados y la solvencia de algunos vibrantes movimientos de cámara engalanados por la edición educada de Andrea Chignoli.

Tocando sobre su final las fibras de terminar la lucha por medio del coraje y la empatía, del dolor usado como combustible para la redención, de fraguarse como metamorfosis alimentada del sentimentalismo afianzado a las convicciones. Un empecinamiento a ciegas que también termina por aclarar los rostros de quienes realmente brindan ayuda y quién no, de una afluente causal como un acto valiente cuyo resultado es benefactor, digno y plausible pero rotundamente corto en el vasto pozo de la estridencia. 

Teñido como un símbolo de lucha ante la hegemonía perversa, quedando allí como un pequeñito faro entre la neblina pútrida. Un eslabón que se pudo romper de entre aquella marea violenta, maquillada y perfumada de la que muchos gozan, muchos sufren y muchos se enriquecen.

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