Por Martín Felix

Con efervescencia metódica, pausada, ligeramente dosificada esta obra se abre paso dentro de una penumbrosa esquela. La tranquilidad que esboza resulta ser su columna vertebral que nos lleva de principio a fin en un tenebroso y sorprendente camino.

Pasando del perfil bajo al abrupto caos que lleva a momentos bastante atónitos cuál montaña rusa que se encarrila para dar destellos emocionalmente altos e interesantes. 

Robert Eggers logra abrir en The Witch una brecha sobre una narrativa que ataca al espectador desde dos flancos. Conectando el golpeteo sentimental de sus personajes con el miedo natural y la incertidumbre hacia el umbral de lo desconocido, de lo aparentemente extraño pero a sabiendas de su existencia. 

Fraguando con pasos agigantados un desgaste físico y psicológico dónde se pueden apreciar algunos subtextos que sobresalen de su misteriosa aura. La ironía del apego religioso que se ve contrariado por los verdaderos actos que se llevan a cabo, la misma pérdida de la fe y la destrucción paulatina a causa de las mentiras aunado a las auténticas verdades que resultan ser aún más pesadas. 

Roces que simplemente coronan y representan la maldad innata al ser humano, de su falsa lucha interior entre el bien y el mal antes de dar cabida a sus salvajes impulsos acaecidos por las tentaciones. Causando cansancio, pánico, agresión y el desfase de la cordura así como de los límites personales que transmiten un impacto racional intenso. 

Rompiendo o equilibrando el hilo tan delgado entre lo factible y esa fantasía que agrega el plus a su karma. En el cual, es el mismo hito donde hemos de encontrar respuestas o una descripción de lo que pasa a nuestro alrededor, el porqué de ese tormento o la claridad para ver cómo nos hemos convertido en propios verdugos. 

Vale la pena resaltar su quietud misteriosa a bien llevado por el montaje de Louise Ford bajo la quisquillosa música por parte de Mark Korven. Además de resaltar esos planos generales que incrementan el distanciamiento, el aislamiento y la lejanía de una paz que no regresará potenciados de la hechura fotográfica a cargo de Jarin Blaschke logrando mantener un tono soberbio, frío y espeluznante. 

Alimentando nuestras ansias con ese final delicado y sombrío, la muestra de que los pensamientos y ambiciones más íntimos también pueden encarnar, hacerse realidad y verse revelado antes los ojos. Donde saciarlos puede quedar más allá de ser una banal opción teniendo que renunciar a  todo por tener un sorbo de poder, el mismo que nos hará volar y desaparecer. 

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