Por Martín Félix

Agresión y venganza, quizás es la combinación que se maneja como dualidad tradicional en el cine y ha sido llevada en diferentes estilos, presentaciones y facetas. Gaspar Noé hace lo propio y nos otorga una experiencia demasiado áspera e incluso traumática hasta cierto punto, rozando seriamente las puntas más sensibles sobre una embestida inimaginable e indescriptible, detallada a más no poder. 

Irreversible, irónicamente, resulta ser esa reversible mirada, un rebobinado sumamente feroz, lleno de oscuridad y colores ambivalentes que simplemente reflejan la frustración, el miedo, el dolor y la furia. Hilado por la búsqueda de la justicia ciega y en la ira como motor para dar constancia a lo que vemos, oímos y logramos asimilar en cada voltereta, en cada espiral racional que incrementa su fuerza y destapa poco a poco su núcleo, su maciza y contundente raíz precursora. 

A primera instancia puede tomarse como desproporcionado e incluso sin sentido trabajo, pero, poco a poco toma carácter y nos convierte en visionarios de una narrativa violenta y sin escrúpulos, guiada por  la venganza tras uno de los actos más bajos, desagradables y putrefactos de la osadía humana. Su lente sumamente inquieta, alocada en un sentido estéticamente estricto, omnidirecccional y secundada de una marea de luces  estraboscópicas y ruidos aberrantes que nos da razón del torbellino a seguir. 

Su visión confusa nos acerca con brutal empestiva a cada mirada, rostro y desfigurada silueta. Impactos que toman por sorpresa, tratando al espectador como espía y a la vez en un entrometido severamente cercano, algo recíproco a los sentimientos que trata de evocar, haciendo uso de la música estridente y los guiños sonoros para apuntalar. Colocando pieza por pieza mientras regresamos en forma estresante hacía el pasado para dar cabida a lo nefasto de su golpeteo inicial. 

Fracturando quizá nuestra sensibilidad tras el gesto nacido de la agresión sexual, donde concierne la técnica y la palpable soledad que simplemente quebranta la mirada, la agudiza con su eco y la transforma en pesadilla bañada de tonos cuasi infernales, la taquicardia como cereza o como puntal que impulsa las vibraciones de su ruptura. 

A la par de su avance, conocemos un poco más las amalgamas propias de sus personajes, sus motivaciones y sentimientos que dan pie a sus convicciones. Llevando a la nostalgia, el añoro y justificando moralmente de antemano lo a punto de acontecer, la fragmentación racional, la impotencia y obnubilación de la cordura. 

Hay que reconocer que su trayecto no es nada satisfactorio, donde el montaje hecho por el mismo Gaspar Noé juega un papel importante pues pareciera no interrumpir el hecho, sin dejar de hablar de la música de Thomas Bangalter (Daft Punk) que se siente desorientada e incómoda. Llevándonos así a su final que no es otro si no el inicio de su sufrimiento, que se despide o da la bienvenida en una epiléptica lluvia que señala al tiempo como destructor, no sólo de la dignidad, si no de todas las molduras humanas transformadas, deterioradas, deformadas y destruidas, de las cuales, hemos sido partícipes. 

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