Por: Martín Félix

Delicado telón que abre a una vista cautivante y esplendorosa. Det Sjunde Inseglet (El Séptimo Sello) está construida y labrada de forma suave y cuidadosa. La mano de Ingmar Bergman mostrando ante la pantalla reflejos casi perfectos y atractivos de una cotidianidad inusual y desentendida del proceso natural obligando al tiempo a correr sin detenerse. 

Una atmósfera inclinada al trato de los sentimientos de fe, así como las creencias sagradas y banales de este plano existencial. Una compleja reacción del estandarte social con la religión, dejándose ver detalles específicos del ramillete de conductas entre sus miembros y cómo éstas se mantienen presentes en etapas actuales. 

Aterrador caos de la colectividad, elevando a quienes sufren por otros para glorificar su sacrificio, un deslumbrante acto para converger a todos al rebaño de Dios. Balancea a charlatanes y fervientes que anuncian devastadores escenarios, ensalzando su figura de gratos pastores, usando el lema de aborrecer la vida del hombre y con plena intención de entregarse al mandado divino. Da foco a ligeros intérpretes para suministrar peso a lo caótico de la situación, enfatizando las especulaciones apocalípticas, paranoicas y psicosis donde se influye miedo e incertidumbre.

Utiliza a los personajes centrales como guías del recorrido teológico espiritual, contraponiendo a dos corrientes diferentes del pensamiento. Por un lado la incredulidad reforzada por el sentido común, por el otro el estigma de la fe, la cual busca desesperada un signo de fuerza pero, en su lugar, se debilita en las dudas del amplio razonamiento. Tornándose en un tormentoso camino emprendido por la mente humana para asimilar al creador, poniendo en tela de juicio su mera existencia; tratando de encontrar respuestas en el entendimiento y no en la creencia. 

Una conjetura acerca del aprecio de los pequeños destellos de paz para aminorar el deterioro emocional y del recuerdo ameno para consolar el alma hundida en profundo sufrimiento.

¿Acaso es la muerte algo con lo que se pueda jugar o engañar? Después de todo, en el fin de este camino al que llamamos vida, morir parece ser lo único seguro, dónde estará Dios que no ayuda, dónde queda la magnitud de nuestra fe y las buenas obras, si no hay respuesta ni reconforte de los desesperados llamados. Caminaremos mucho y no llegaremos lejos, pues, al terminar todo, la inconfundible figura blanca caminará por delante de nosotros para alcanzar a los primeros que marcharon con ella.


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