Por Martín Felix

Serenidad que va de la mano con el intranquilo deambular. Obra que palpa la observación y la búsqueda como ápices de entrada mientras se combinan a los ecos perdidos dentro de una faceta de aflicciones enmudecidas. El sabor de las cerezas es un metraje paciente que llama al largo e intenso viaje a través de su extensa cavilación, contrastes y empecinamiento. 

Abbas Kiarostami nos lleva de la mano por el camino con mucha cercanía, adentrándose pasivamente a su verdadera intención. Mirando todo lo que fluye, el entorno, sus matices cotidianos, las obvias asperezas y esos diminutos recovecos tiernos e inocentes. Un recorrido que toca a diestra las puertas de la vida y de la muerte tras la premisa por alejarse de este plano terrenal; surcando momentos de alta espiritualidad, de estrés mental, pruebas duras así como descabelladas de la conciencia, la moral, los valores forjados y la ética.

Fauces posiblemente conocidas por el hombre que se atreven a toparse con la razón de forma tan profunda y a su vez simple del vivir o morir, misterios engrandecidos vistos como distantes del entendimiento pero que aún así intentamos indagar en sus principios. Dando cabida a respuestas llegadas a través de sus personajes, mostrando mucho sobre la concepción de la existencia y el trato sobre el más allá. 

Alternando una variada vista desde las etapas del florecimiento humano. La juventud de miedo e inseguridades, la madurez comprometida y nutrida mentalmente pero aún incapaz de tomar acción y por último, el rostro de la experiencia, la que sólo pueden dar los años para comprender dónde estamos parados, otorgando de alguna manera soporte emocional de las dificultades; regalando un vistazo ameno del significado del aura vital y el porqué de esa línea aguda que todos debemos seguir alguna vez. 

Dicha odisea cargada de sentimientos, abrumadora psicológicamente, un llamado tal vez agónico de esperanzas ante el desmorone del mundo. Ese punto extremo que bien se contrasta por la realidad del crudo yugo de la vida pero que deja en claro también sus dulces momentos, su llave hecha por medio de persistencia para no caer en acongojamientos, de los cuales, siempre estaremos a merced.

Ayudado por los majestuosos planos generales que nos regala Abbas Kiarostami, enmarcando la soledad, el vacío y esas compañías que se llegan a tornar incómodas. Encuadres sutiles para recordar a la tierra como el último sitio en el que estaremos, acompañado por la naturalista fotografía de Homayon Payvar y el montaje hecho por el mismo director para dar suavidad al entramado. 

Terminando por ser una fuerte metáfora gigantesca dejando consigo un grato sabor de boca, no por su desenlace sino por su instrucción. La esquela tan grata pintada sobre nosotros en esas charla calmadas, pero potentes, siendo el traslado íntimo, fuerte y abundante de enseñanzas. El trastoque que al final puede o no ser partícipe de la única libertad y tal vez hecho autoproclamado por el hombre que es decidir y elegir. Sin embargo, ha dejado marca de alguna forma para ver las cosas de distinto modo. 

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