Por Martín Felix.

Duele recordar, es imposible cerrar los ojos y no verlo sin quebrantarse, el ir atrás mirando lo que está allí. Todo lo que no se puede borrar y se ha fijado en este camino, estas sensaciones, estas aflicciones penetrantes en cada fibra del ser; quiero borrarlo o no saldré vivo de esto. 

El día que me perdí resulta ser una obra cortarte, áspera y sumamente sofocante. Acogiendo los sentidos de forma ácida y un tanto extraña como mero entremés de su bajo golpeteo tanto de sus recovecos delirantes.

Cortando de tajo para derramar expresiones de la aguda narrativa poniendo en pantalla figuras de los tiempos difíciles para las mujeres y la recias agresiones en su contra, además del peso tan agobiante generado por tal estridencia. 

El desemboque de la historia le evitan caer en tintes novelescos del abuso y logra salir bien librada sobre la visionalidad hacia la violencia de género. Sin faltar sus prominentes características proyectadas desde el seno familiar y las relaciones de pareja que desencadenan sentimientos autodestructivos así como la inevitable depresión. 

Marcando un claro hartazgo de dichas laceraciones físicas y mentales, exclamando un grito de protesta, un puño levantado en el ambiente ruin o la bandera que debe ser vista por todos.

En tal sentido, Michel Zurita también otorga amplio foco a la mente y los menesteres relacionados a ella, su fortaleza e igualmente la capacidad de este rubro para sacarnos adelante o simplemente ser una lápida muy difícil de levantar. 

Exponiendo los tormentos alrededor del pensamiento que tienen nacimiento en los traumas de la niñez provocando dificultades, conductas raras, inseguridades y contemplaciones cercanas a la locura.

Teniendo alternancia a través de escalas de tiempo que nos lleva al pasado, el presente y visiones completamente perturbadoras hasta cierto punto. Con una hechura punzante, creando una total atmósfera pesada, dolosa, amarga, caótica, incómoda, locuaz y psicótica.

Trasladando a momentos melancólicos, de miedo y frustración, para entrar en el reflejo de que somos entes hechos de experiencias, de las marcas dejadas por el pasado: lo amargo, lo alegre, los aciertos y los errores adheridos íntegramente a nosotros.

Alzando el llamado a la confianza, en creer en quien somos, de levantar el espíritu y aplicar las capacidades aprendidas sacando provecho en los pequeños detalles para ir encontrando poco a poco la felicidad.

Hechos que se convergen de estupenda manera por su acertivo montaje, con planos atrevidos bastante personales, su mundo cercano en los detalles, la panorámica a ras de piso, sus contrapicados y encuadres generales en apariencia desfasados pero que se acoplan atinadamente al sentido del filme.

Llevados a lo alto por la música de Ana Amengual Asa, sin dejar pasar el trabajo de fotografía del mismo Michel Zurita en compañía de Aarón Ramírez, regalando esencias tenues y oscuros emocionales fuertemente reflexivos. 

Sumergiendo esta obra en ser un punto de quiebre mental dado por los recuerdos agrios y cicatrices de la hostilidad que llevan al irreparable desgaste de la psique.

Haciendo hincapié de que está en nosotros y nuestra voluntad poder superarlos, con apoyo, amor, cercanía y fuerza, muchísima fuerza para al fin despertar de esa pesadilla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *