Por Martín Felix

De compás ameno, cargado de mucha esencial emocional, una pizca de coraje y otro poquito de gallardía. Cosas que no hacemos es un documental que se edifica en ser una entrega totalmente sensible y hábilmente elaborada para traer a relieve el parteaguas de la valentía vestida en la consagración de una dignidad fuerte, de la añoranza humilde por la búsqueda de la felicidad e igualmente el encuentro con esa fortaleza que da poder de hacer las «cosas que no hacemos»

La obra de Bruno Santamaría emprende el vuelo sobre tierras del Pacífico para merodear aires vivaces, alegres, despreocupados, libres e inocentes.

Línea que utiliza creativamente para darnos a conocer a su  joven personaje principal y adentrarnos a sus matices físicos, así como emocionales, en compañía del apego que tiene con su entorno. 

Con sutileza impresionante y un acentuado lazo de confianza entendemos algunas de sus complejidades recorridas debido a su orientación sexual, acercándonos de manera sumamente personal que nos deja vislumbrar sus sueños, anhelos y esperanzas fraguadas.

Alejándose de todo por encontrar un espacio libre de reproches, perjuicios o cualquier otra muestra de incomodidad, lugar donde lo vemos mostrarse con tal naturalidad y satisfacción que lo colman de agallas para lograr el siguiente paso, uno que le permita ser feliz en todo sentido.

Al mismo tiempo se inunda de dudas, de mucha reflexión y temor por las desaprobaciones que lo han obligado a dejar en melancólico letargo su convicción.

Emprendiendo el viaje y la preparación para externar sus añoranzas  mientras observamos con mayor certeza el desenvolvimiento con su familia, amigos y vecinos. 

Tacto que funciona a la perfección como una muestra de la cohesión con la sociedad. Sacando a flote la franqueza y la calidad humana como engranajes fuertes enseñando que no existen diferencias o cualquier otro aspecto que pueda ser tomado como condicional o señalativo. 

Hecho que también se analiza desde el punto de vista de la convivencia entre los niños. Contrastando su pureza y sensatez con algunas actitudes concebidas desde temprana edad, la percepción de sus valores como hombres o mujeres y el roce con los tabúes, estereotipos e ideas mal intencionadas que propician desigualdades además de examinar la guía educacional de nuestros tiempos. 

Logrando encumbrar la cinta en esa prueba de valor, sentimientos a flor de piel y el portero de completa madurez para hacer frente a una conducta familiar conservadora guiada en la masculinidad íntegra y casi innegable apreciada en el pasar de los años.

Buscando completa liberación de los lazos moralista que le permitan encontrar paz dentro de sí y cambiar las aflicciones por amor propio. 

Sacando provecho de su gran hechura fílmica que nos lleva en su ágil cámara en mano bien trabajada.

Figurando por mucho la natural y bella fotografía hecha por el mismo Bruno Santamaría, regalándonos imágenes muy interesantes, cargadas de simbolismo y dignas de apreciar gracias al sereno montaje de Andrea Rabasa, acompañado en la pieza musical de Tomás Barreiro. 

Levantando la mano no como el primero ni el último docto encarrilado a la cavilación exhaustiva. Abriéndose camino con ese marcado antes y después fruto de un acto de vigor que, si bien resulta desgastante a la integridad termina por obtener apoyo y sustento moral.

Dejando ecos de tranquilidad y renovada autoestima al ritmo de la sincera, grata y modesta sonrisa para poder ser quién es en esta vida. 

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