Por Martín Felix

Enorme fortaleza de las realidades alteradas, esquelas de rigor absoluto deformantes de la vida misma. Yorgos Lanthimos dota a su obra de tranquilidad aberrante, rareza e incomodidad perpetua que se hunde en el acosador silencio medianamente roto por el pequeño esbozo de la voz. 

Kynodontas se adentra a los jardines del sobreproteccionismo inadecuado y maquiavélico vistado desde los primeros minutos. Su tensa calma prepondera la destrucción completa de todos los significados logrando un hábitat eclipsante, perfecto, atento y mórbidamente educado, tornándose como una peculiaridad extrañamente digerible con ciertos tintes de humor negro. 

Dejando ver su verdadera faceta, pues al adentrarnos mas allá de su «blanca pulcritud» observamos las estrepitosas líneas del encierro, del aterrador orden y el encriptado núcleo que mantiene en el mismo eje a todas las mentalidades.

Abriendo dudas acerca del sobrepaso de los poderes, el abuso máximo nacido del patriarcado, el miedo enfermizo de perder el control sobre los demás o, incluso, el severo adoctrinaje hacía los retos de una sociedad lasciva.  

Siendo ese doloroso puño de hierro capaz de desaparecer las curiosidades, los cuestionamientos y los deseos originados por el  propio tacto innegable del ecosistema vivo que los rodea, borrando cualquier rastro de fractura sistemática y erigiendo drásticas fronteras para evitar su ruptura.

Resultando interesante lo que cada personaje aporta a la narrativa, observando su particular visión acerca de la vida, lo micronésimo del aprendizaje que para ellos resulta ser la sabiduría otorgada por los años y heredados por los progenitores; donde además, se muestra el trastoque a las mentalidades, a las dignidades y actividades carnales concebidos como naturalidades favorecientes al masculino.

Logrando su pesadillesca aura apoyado también de su estructura técnica aferrada a las tomas largas y concretas, hiladas por el educado montaje de Yorgos Mavropsaridis. Sin dejar fuera la clara y tenue fotografía de Thimios Bakatatakis logrando fríos emocionalmente abrumadores.  

Entendiendo sobre su escalofriante final que somos seres inseparables a nuestra libertad y no podremos ser atados por siempre por tener ese instinto intrínseco de conocer y relacionarse con la naturaleza.

Hecho indudable capaz de quebrantar cualquier lindero aunque para lograrlo el camino sea drástico, duro y sangriento. Quedando como un profundísimo anhelo por comprender lo que hay más allá, porque estamos convencidos de que no es todo como lo vemos. 

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