Por Martín Félix

A bien recibidos por sus metódicos y casi muy cuidadosos primeros pasos. Rompiendo el hielo con incomodidad alentada en la tensión, marcando ese punto de inicio sobre un escenario que va de lo contemplativo a lo preocupante, intrépido y vibrante en un parpadeo. 

Bastardos sin gloria (Inglourious basterds) es ese dedo al azar sobre el renglón atrapado en los hilos de la historia que bien sobresale por su algarabía y gestos combinados. Mismos que recorren los flancos de los esquemas bélicos de la burguesía políticamente poderosa y los afanes de retribución agresiva fundida en esa exquisita carcasa pintoresca de los conflictos perseguidos con dolor, venganza y odio. 

Quentin Tarantino hecha a andar su ejército por un entramado firme que se torna tensional en cada vértice, echando mano de amplias charlas para asentar con creces su contexto y su línea a desembocar. Provocando atención a sus personajes para reconocer y percibir sus intenciones.

Llevándonos por capítulo con ejes simultáneos que rondan poco a poco ese punto de quiebre bien precisado. Armados en forma apacible, digerible y bañados con ese humor negro muy ameno además de dejarnos a la deriva con esa dosis de violencia poética medicada prominente en ellos. 

La aparición del narrador le agrega ese extra para crear dinamismo. Haciendo andar ese motor guiado por la redención rodeado de guerra, cuchillos y balas a la par de tocar otras fibras como el clasismo, el racismo y la opresión. Trayendo consigo escalas álgidas alimentadas por la ira además de dotarlos con reminiscencias crueles que otorgan consistencia al engranaje. 

Mismos que se intensifican por sus fricciones, deteniendo el tiempo en esos dotados karmas llenos de sagaces planos atestados de estridencia, sangre y cuerpos cayendo al compás de la furia. Sutilmente llevado por la música dentro de los afables momentos y sometiendo en los lados mas puntiagudos. 

Resaltando el uso del zoom, sus planos contrapicados y esos finos encuadres holandeses que se apegan a la mano rápida de Sally Menke en el montaje y la hechura fotográfica de Robert Richardson. Quien nos regala una pieza de tonos fríos y bastante coloridos que se concretan en lo serio y onírico de su composición.

Guiándonos a su galardonado finiquito con esa última carga hilarante de turbulencia, muertes y caos redentora. La conjetura fraguada de sus aristas que nos da y arrebata todo en un sólo tajo, en un sólo momento; haciéndonos sentir  satisfechos y sin olvidar qué les dará algo que no podrán quitarse. 

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