Por Martín Felix.

Cuál vistazo espectral, diabólico y de auras malignas que acechan las líneas terrenales, Alucarda fragua su camino abruptamente en su enigmática coyuntura. Asombrosa pieza coronada en los caóticos escenarios, la densidad del entramado y la acidez en sus connotaciones.

Abriéndose paso con sigiloso arribo, se encierra y teje de tal forma como tormenta desenfrenada sazonada con paciencia, misma que resulta inquietante a cada salto, con pequeñas dosis extrañas oxigenando la pantalla mientras ofrece nuevas pulsaciones inciertas ojeada tras ojeada.

Propiciando el nebulismo y misterio entre quienes participan, agitando los aires de su construcción agrosa, pero llamativa destapando consigo el frasco de las esencias malvadas.

Surcando caminos inciertos y enajenados expuestos sobre la narrativa ávidamente hasta traspasar los campos del satanismo, guiados por el celo, la adoración y el fanatismo. Rompiendo con furia los cobijos propios de la religión y su entera pulcritud, emparejando la infinita lucha entre el bien con el mal por los dominios espirituales además de las llanuras de este plano. 

En el cual, Juan López Moctezuma echa mano de un entero ramillete de prospectos para amacizar con creces el turbio paseo: rituales, adivinación, pactos de sangre, carnalidad y otros cauces de mayor profundidad como lo es trastoque de la moralidad, la debilidad en la doctrina, el poder de la mente, los alcances de los pensamientos retorcidos, los anhelos impuros y la probatura de la fe. 

Disertando ampliamente sobre la imperfección humana y el declive de la balanza hacia la búsqueda de lo incorrecto. Sin dejar de lado las fricciones intercaladas en el tope de aspectos como la ciencia empírica ante las composiciones divinas, agregado a este escenario los hechos inexplicables enredados entre las cavilaciones existenciales sobre lo que se ve y lo que se cree. 

Ayudándose en su variante ritmo y dignísima hechura con grandes encuadres generales, jugando un poco con el zoom, haciendo atrevidos e interesantes planos holandeses que ayudan a empoderar el desglose de la arremetedora historia. Además del rasposo e incómodo diseño sonoro fraguado a una envalentonada y enmarcada fotografía. 

Ardiendo ferozmente por el odio sustentado en las aberraciones hacía la vida, alimentando la mirada de furia, estridencia y repulsión con la intención de acabar atrozmente a cualquier esperanza.

Llegando a su consumación en forma hosca, endemoniada, turbia e impactante que se eclipsa en el último bastión espiritual, sacando una mínima luz en el infierno. Esa pequeña chispa maltrecha pero al final avante sobre las condiciones bizarras entre nosotros y todas aquellas fragilidades consumidas por lo negro que podemos llegar a ser. 

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