Por Juan Manuel F. Vidal // PARTE 1

Hablar de Tarkovsky es hablar de poesía, de introspección, de belleza, de inmortalidad, de humanidad y sufrimiento, pero sobretodo es hablar de cine en su estado más puro.

Y es que no es para nada que el nombre del realizador ruso, Andrei Tarkovsky, deba estar escrito con letras de oro en la historia del cine, pues su influencia e impacto en el medio, ha contribuido de manera impresionante, dejando un legado que consta de tan solo siete largometrajes, pero que será suficiente para recordarlo e inmortalizarlo.

Cualquier persona que estudie cine, que sea realizador cinematográfico o que tan solo ame el séptimo arte tendría que conocerlo y haberlo visto en múltiples ocaciones, pues su aporte rebasa por completo el tiempo que le rodea, pero que, a su vez, recorre con delicadeza y belleza. Lo inmortaliza y lo hace único.

No por nada es considerado “el poeta del cine”, pues su imagen posee una increíble potencia visual que te atrapa y te absorbe la mente.

Además de ser uno de los autores más reconocidos, también es uno de los pocos que sí estudió cine de manera formal, en una escuela y con un plan de estudios. No quiero decir que ningún realizador estudió cine, pues de alguna u otra forma, todos los realizadores estudiaron, ya sea como lo hizo Tarkovsky, de forma sistematizada en una escuela, o cómo otros, de manera autodidacta y aprendiendo en el mismo medio.

Las películas de Tarkovsky no son tal cual narrativo-lineal al que uno esta acostumbrado, sino más bien eran obras evocativas y poéticas que dejan al espectador sacar sus propias conclusiones y significados sobre el film, obras que estimulan al espectador y lo obligan a pensar.

Crea personajes que no habitan en el colectivo común, sino que son más profundos y que incitan a la introspección y el sufrimiento.

En sus obras se aprecia la gran laboriosidad con las que las ejecutaba y la extrema exigencia que pedía con tal de la imagen fuera no solamente perfecta estéticamente hablando, sino que el trasfondo de esta fuera impactante e incitara a la crítica y reflexión.

Con su primer largometraje La Infancia de Iván (1962), nos muestra imágenes fantasiosas de sueños que anhelan y aspiran a la libertad y felicidad de un niño, pero que contrastan a la par con la difícil realidad que se vive, como es el hecho de habitar en la soledad de este mundo abatido por la guerra.

A su vez, Tarkovsky se proclama como el padre de la generación de cineastas rusos contemporáneos con esta película.

Para su segundo largometraje, Andrei Rublev (1966), Tarkovsky narra la historia y vida del pintor iconógrafo ruso medieval, mediante un recorrido histórico donde el mismo Andrei Rublev es testigo de su propio tiempo, del acontecer histórico que le rodea y ocurre en su entorno, inmortalizándolo.

Nos muestra una reflexión religiosa que culmina en tragedias provocadas por el mismo hombre, pues su visión del mundo religioso es muy interesante, donde la deidad y la divinidad van más allá del hombre, creando símbolos que tienen que ver con el alma, Dios, y el sufrimiento, así como el cuestionamiento y crítica a las múltiples religiones que existen, que se juzgan unas a otras sin tener la verdad absoluta, ya que de existir, se convertiría en una dictadura a la que nadie quiere pertenecer.

Posteriormente Tarkovsky buscaría explorar el género de la ciencia ficción, (tal vez de forma más involuntaria que voluntaria) con Solaris (1972), donde lo lograría de manera bastante exitosa a pesar de que él mismo detestó el resultado final por haberse acerado bastante al género, pues a propósito retiró naves espaciales que son recurrentes en el libro de Stanislav Lem.

Con ello, Tarkovsky deja ver que al parecer deplora el género. A pesar de eso, la película cumple con todo un establecimiento de lenguaje cinematográfico, como es el plantear cuestionamientos filosóficos y cuestionamientos sobre el avance tecnológico y la dualidad existente en el ser humano.

Solaris es fiel a la narrativa lenta del mismo libro en el que se basó y también a la de Tarkovsky, pues mantiene planos fijos por bastante tiempo y con ligeros emplazamientos de la cámara, en donde deja que la escena fluya.

Habla mucho de las relaciones humanas y la necesidad de afecto hacia otras personas y de estar con ellas, pero a su vez realiza una reflexión de la soledad que experimentamos como seres humanos y nos cuenta cómo aún en un mundo con miles de personas, nos es difícil expresar y sacar nuestro amor y a través del aislamiento podemos empezar a valorar el amor que nosotros como personas podemos dar y las demás nos pueden brindar.

Posteriormente en El Espejo (1975), Tarkovsky busca explorar diferentes formas de narración visual, mediante poesía visual y absoluta.

No quiero decir que no lo haya hecho antes, pero anteriormente él ya se desprendía poco a poco de la narrativa-lineal y aquí se adentra a una narración más conceptual e interpretativa, pues narra la historia de una vida que va desde la infancia hasta la madurez, en un contexto social donde la Rusia de la Segunda Guerra Mundial está latente.

Pero la forma de contarlo es lo que vale aquí totalmente. Mediante imágenes simbólicas como lluvia dentro de una casa, simbolizando tormentos en ella, hasta la puesta en escena de imágenes de convivencia familiar que contrastan con imágenes paralelas a la guerra y a la destrucción causada por el mismo ser humano.

Tarkovsky explora de forma implícita los círculos viscosos de violencia que vemos a diario en el mundo que nos rodea. También, es imposible olvidar que aquí introduce un sistema de imágenes que contrasta a la relación con lo que se ve, pues momentos vemos una imagen a todo color y en otros a blanco y negro, con el fin de generar esa dualidad entre la destrucción y creación (o vivencia).

Además, introduce a forma de monólogo interno los poemas de su padre Arseni Tarkovsky, que acompañan a la perfección la imagen que se ve, pues no es para nada explicativo o ilustrativo, sino evocativo y complementario.

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