Por Juan Manuel F. Vidal // PARTE 2

En su libro Esculpir el tiempo, Tarkovsky señala que su película Stalker (1979) no pertenece al género de la ciencia ficción, sin embargo, goza de muchos elementos del género como son la exploración de mundos separados por agentes extraterrestres.

Nuevamente aquí tenemos presente los poemas de su padre, que evocan distintos cuestionamientos como lanzar preguntas al aire que pueden tener respuesta con la imagen creada.

Algo destacable dentro de esta película es el uso monocromático del sepia que implementa para representar La Zona en la que habitan los personajes, y posteriormente una imagen totalmente cromática que simula la salida de ese sitio (que es restringida) a la que los personajes anhelan llegar.

Stalker es una historia donde los protagonistas están en constante búsqueda de la felicidad y libertad, que les fue arrebatados por ellos mismos y solo ellos, como seres humanos, se han condenado a tal destino del cual ahora buscan y anhelan salir.

Tarkovsky decidió ser un artista que no serviría al régimen del realismo socialista que propugnaba su país, sino que sirvió a su voluntad de hacer cine que aportara al arte y a la poesía, un cine artístico, donde personajes como Stalin hicieron perder años de arte ruso, pero que hacia la década de 1960 artistas como Andrei Tarkovsky, entre otros, protagonizaron un renacimiento que perduraría hasta su muerte.

Sin embargo, antes de eso llegó su exilio, pero no porque hubiese querido irse de su país de origen, sino porque sabía que si se quedaba no volvería a filmar más.

Sus dos ultimo largometrajes fueron filmados en el extranjero, Nostalgia (1983) en Italia y El Sacrifico (1986) en Francia, ambos con lenguaje variado entre ruso, italiano, francés e inglés.

Nostalgia es un retrato fidedigno del mismo autor que llena la pantalla de una agobiante melancolía que lo acompaña a donde va.

Trata de un ruso que se encuentra en Italia y de sus impresiones sobre el país, dónde nos muestra la desorientación que padece ante la incapacidad de adaptarse con facilidad a nuevos modos de vida y su fatal apego a sus raíces nacionales.

Nos enseña la incapacidad del personaje de poder transmitir y compartir estas impresiones con la gente más cercana, así como su imposibilidad de crear nuevas experiencias en un pasado al cual está íntimamente arraigado.

Crea una sensación de irritación para el personaje al no estar en su casa, al estar en otro mundo y otra cultura, añorando y apelando a la nostalgia del hogar y del pasado.

La película nuevamente mezcla imágenes en blanco y negro que son representaciones de sueños o pensamientos que envuelven las inquietudes del personaje y del mismo Tarkovsky, con escenas que representan el reflejo monocromático y monótono del alma, del tiempo que se vuelve inmortal en nosotros.

Estas imágenes en blanco y negro que Tarkovsky presenta en Nostalgia, representan complejos que desean liberación. Al filmar la cámara había registrado el estado de ánimo del cineasta, abatido por la separación de su familia y hogar que había dejado en Rusia.

En su último largometraje, Sacrificio (1986), el punto central de la historia radica en cómo el protagonista, Alexander, sería curado de una enfermedad mortal luego de pasar una noche en la cama con una bruja.

Una escena completamente bien estilizada, donde los personajes están rodeados y cubiertos por una sábana levitando encima de la cama, girando continuamente sobre su propio eje. Lo que vemos en pantalla goza del surrealismo y que tiene infinitas lianas de interpretación que no son metáforas, sino imágenes.

La película refleja la idea de equilibrio, de sacrificio y, por el acto de hacerlo, las dos caras de la personalidad y toma como símbolo el yin y el yang.

El tema de la armonía que puede surgir únicamente del sacrificio, de la dependencia dual que existe en el amor, está presente en todo lo que el filme quiere y desea abordar.

Muestra las direcciones que el amor puede tomar, donde aquel que no se dé totalmente no es amor, es irreal. Resaltando la interesante y latente idea de Tarkovsky por mostrarnos a aquel que es capaz de sacrificarse a sí mismo y su modo de vida.

La cinta es una totalidad poética en la que todos los sucesos son están armoniosamente ligados: el incendio de la casa es una escena increíblemente poética y con gran impacto visual, así como es representado el derrumbamiento de una familia en llamas.

Dejando dos puntos climáticos que construyen un símbolo de fe, en la primera escena donde plantan el árbol y donde este es regado al final por el hijo pequeño, el ser más amado por el personaje de Alexander; dedicando así a su hijo menor la obra que ha dejado para él, pues recién nacido en ese año, el cineasta no podría verlo crecer.

Al final Tarkovsky pudo ver realizada su obra, pero no pudo recoger los premios que esta se ganó, en cambio, fue su hijo mayor de igual nombre, pero con 15 años, quien los recibió, ya que él se encontraba en una cama de hospital, esperando su muerte debido al cáncer de pulmón que padecía.

Tarkovsky será por siempre el poeta del cine, el que nos enseñó a reflexionar sobre la imagen, es el realizador que esculpía el tiempo y lo inmortalizaba.

Su imagen supera su pensamiento, es una revelación para él, ya que pensaba que el pensamiento es efímero y la imagen absoluta.

Nos mostró la verdadera esencia del cine, donde es el único arte donde el autor es creador de su propio mundo, y nos mostró al cine como la matriz del alma individual, como el vehículo de la peculiar experiencia humana.

Tarkovsky será recordado por siempre como el autor que creaba poesía en imágenes.

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